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Era postdigital: Borges y la IA frente al Aleph digital

  • hace 4 horas
  • 9 min de lectura

La era postdigital nombra una condición cultural en la que tiempo, espacio, cuerpo e identidad dejan de operar como categorías estables. Borges permite leer esa fractura porque sus laberintos, espejos y bibliotecas anticiparon un mundo hiperconectado donde la inteligencia artificial convierte experiencia en dato, presencia en interfaz y memoria en archivo técnico. La tensión decisiva es si aún podemos distinguir conexión de vínculo.


Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Doctor en Comunicación Aplicada, Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de ComunicaciónUniversidad Anáhuac MéxicoCorreo: jhidalgo@anahuac.mx

ORCID: 0000-0002-6204-9534


En Borges la palabra es un reloj de arena. No porque el tiempo pase por ella, sino porque en ella el tiempo se deshace, se invierte, se multiplica, se vuelve materia verbal, cifra, laberinto, espejo, biblioteca, herejía, sueño. Leer a Borges es aceptar que toda página contiene una arquitectura secreta: alguien narra una historia escuchada por otro, hallada en un manuscrito, recibida de una logia, soñada en una noche remota, tal vez inexistente, pero simbólicamente más densa que muchos hechos verificables.


Borges no escribe cuentos: diseña interfaces metafísicas. Usa la palabra como tecnología de acceso a mundos imposibles. La literatura, en él, no representa la realidad; la reprograma.


Quizá por eso Borges resulta tan inquietantemente contemporáneo. Antes de que habláramos de hipermedios, redes neuronales, simulación, inteligencia artificial, memoria algorítmica o nodos digitales, él ya había intuido que la experiencia humana podía quedar atrapada en espacios que existen y no existen, en tiempos que se bifurcan, en memorias absolutas que condenan más que salvan, en objetos infinitos que prometen verlo todo y terminan desbordando la mirada.


El Aleph no es sólo una imagen literaria de lo infinito; es una prefiguración de la hiperconectividad. El libro de arena no es únicamente un objeto imposible; es la anticipación de la navegación sin término, de la página que nunca acaba, del archivo que jamás se agota. Funes no es sólo el hombre que recuerda todo; es la tragedia cognitiva de una cultura incapaz de olvidar, jerarquizar y descansar.


La era postdigital nos ha colocado dentro de un Borges sin biblioteca. O quizá dentro de una biblioteca que ya no necesita muros porque se aloja en servidores, nubes, pantallas, modelos de lenguaje y sistemas algorítmicos que convierten la experiencia en dato y el dato en predicción.


DataReportal presenta su Digital 2026 Global Overview Report como un informe global sobre internet, redes sociales, IA, dispositivos móviles y comercio digital; Stanford HAI, por su parte, reporta en el AI Index Report 2026 que la adopción poblacional de IA generativa alcanzó 53% en tres años. No estamos ante una tecnología más: estamos frente a una nueva condición de mediación cultural.


¿Por qué Borges anticipa la era postdigital?

Durante siglos, el ser humano se pensó desde tres anclajes fundamentales: tiempo, espacio y cuerpo. Nacíamos en un lugar, vivíamos en una duración, hablábamos desde una presencia situada. La cultura digital fracturó esa gramática.


Hoy se puede impartir una clase desde México a estudiantes en Ecuador, conversar minutos después con alguien en España, compartir un documento con una persona que duerme mientras otra despierta, habitar un aula que no es aula, una oficina que no es oficina, una reunión que no reúne cuerpos, pero sí voluntades, voces, rostros, silencios y afectos.


El tiempo dejó de ser una línea común. Se volvió interfaz. Ya no vivimos únicamente en la hora que marca el reloj, sino en la simultaneidad asincrónica de los mensajes, las notificaciones, las videollamadas, los calendarios compartidos, los archivos editados por sujetos que no coinciden corporalmente y, sin embargo, producen juntos.


La antigua experiencia de estar al mismo tiempo ha sido reemplazada por otra más compleja: coincidir en un nodo de presencia técnica. No es que el tiempo haya desaparecido; se ha vuelto plural, estratificado, programable. Cada quien vive su propio huso emocional, laboral, afectivo y cognitivo, aunque todos parezcan reunidos en una misma pantalla.


Paul Ricoeur comprendió que el tiempo humano no se reduce a cronología: se organiza narrativamente. Somos capaces de reconocernos porque contamos, hilamos, recordamos, proyectamos, damos continuidad a lo que de otro modo sería pura dispersión. La era postdigital erosiona esa continuidad. Multiplica presentes. Acelera respuestas. Fragmenta biografías en calendarios, estados, métricas, recuerdos automatizados, capturas de pantalla, historiales de búsqueda.


El sujeto ya no sólo vive el tiempo: lo administra, lo sincroniza, lo programa y lo pierde.


¿Cómo se fracturan el tiempo, el espacio y el cuerpo?

El espacio sufrió una ruptura semejante. Marc Augé pensó el no lugar como ese espacio de tránsito donde la identidad se suspende: aeropuertos, autopistas, hoteles, centros comerciales. La cultura postdigital radicalizó esa intuición.


Zoom, Teams, WhatsApp, Twitch, Discord, Roblox o TikTok no son lugares en sentido físico, pero tampoco son simples abstracciones. Ahí se ama, se aprende, se negocia, se trabaja, se agrede, se confiesa, se acompaña, se abandona. Ahí se construyen reputaciones, vínculos, duelos, comunidades, simulacros de intimidad.


Son no lugares habitados. Espacios geoinexistentes con consecuencias reales. Territorios sin suelo. Arquitecturas sin piedra. Habitaciones hechas de protocolo, diseño de interfaz, código, latencia, vigilancia y deseo.

Esa dislocación alcanza al cuerpo. Durante siglos, el cuerpo fue el lugar inaugural de la experiencia. Estar en el mundo significaba padecer una temperatura, ocupar una silla, mirar unos ojos, escuchar una respiración, compartir la densidad material de una presencia.


La mediación digital no elimina el cuerpo, pero lo desplaza. Lo convierte en imagen, avatar, voz sintetizada, texto, dato biométrico, patrón de conducta, gesto traducido a interacción. La corporalidad ya no es sólo carne; también es huella. El cuerpo se extiende en metadatos, perfiles, historiales, modelos predictivos. Se vuelve legible para máquinas que no sienten, pero infieren; que no miran, pero reconocen patrones; que no comprenden el dolor, pero pueden anticipar signos de ansiedad, consumo, cansancio o deseo.


Katherine Hayles advirtió que la condición posthumana no inicia cuando desaparece el cuerpo, sino cuando la información empieza a ser pensada como separable de su soporte material. Ahí se abre la grieta. La persona se vuelve perfil; el rostro, vector; la conversación, corpus; la emoción, señal; el movimiento, dato; el deseo, probabilidad.


Luciano Floridi ha llamado a esta condición la vida en la infosfera: un entorno donde la distinción entre estar conectado y estar situado se vuelve cada vez más inestable.


¿Qué ocurre con la identidad cuando la IA media la memoria?

La conciencia ha dejado de parecer una región inviolable. No porque la máquina tenga conciencia en sentido fuerte, sino porque la inteligencia artificial produce una ilusión conversacional que nos obliga a interrogar aquello que antes atribuíamos exclusivamente al humano: diálogo, respuesta, asociación, memoria, creatividad, razonamiento, estilo.


La IA no habita el mundo como nosotros. No tiene infancia, muerte, hambre, duelo ni vergüenza. Pero comparece en el lenguaje. Y comparecer en el lenguaje no es un acto menor. Borges lo sabía: la palabra puede abrir un abismo más profundo que cualquier máquina.


Una entidad que responde, pregunta, interpreta, simula intención y acompaña cognitivamente reconfigura la frontera entre instrumento y alteridad. No es persona, pero afecta a personas. No tiene biografía, pero interviene en biografías. No posee mundo, pero modifica nuestra manera de estar en él.


Por eso la ética de la inteligencia artificial no puede reducirse a transparencia técnica, cumplimiento normativo o gestión de riesgos. UNESCO ha insistido en que la dignidad humana, los derechos fundamentales, la transparencia, la equidad y la supervisión humana deben estar en el centro de los sistemas de IA. Esa no es una cláusula administrativa: es una frontera civilizatoria.


Aquí aparece una cuarta categoría fracturada: identidad. ¿Quién soy cuando existo distribuido entre mi cuerpo físico, mis perfiles digitales, mis archivos, mis conversaciones, mis imágenes, mis textos asistidos por IA y las representaciones que otros hacen de mí en plataformas que no controlo?


La identidad postdigital ya no es una unidad estable, sino una constelación de presencias parciales. Somos lo que decimos, lo que publicamos, lo que otros etiquetan, lo que los sistemas recomiendan, lo que los algoritmos infieren, lo que las bases de datos conservan y lo que la memoria técnica se niega a borrar.


Funes vuelve aquí como advertencia. Recordarlo todo no equivale a comprenderlo todo. La identidad necesita memoria, sí, pero también olvido, silencio, perdón, derecho a la discontinuidad. Una sociedad incapaz de olvidar termina administrando culpas infinitas, archivando errores, congelando versiones antiguas del yo, negando la posibilidad de conversión.


Bernard Stiegler vio en la técnica una forma de memoria exteriorizada, un soporte que conserva y transforma la experiencia humana. La pregunta decisiva no es si las máquinas recuerdan, sino qué tipo de humanidad se configura cuando delegamos en ellas las condiciones de nuestra memoria.


¿Por qué la hiperconexión no garantiza vínculo?

Otra categoría fracturada es la relacionalidad. Dos personas pueden caminar por la misma calle y vivir mundos radicalmente distintos. Un hombre avanza pensando en sus correos, sus deudas, su equipo favorito, la agenda que lo espera. A su lado, una mujer camina dentro del duelo: acaba de perder a su madre y anticipa el vacío de una cama, el café que nadie beberá, la conversación doméstica que ya no ocurrirá.


Un joven, unos pasos atrás, liga por internet, conversa con alguien que no ha tocado, entra por la noche a un videojuego y después a una serie que le permite sobrevivir al tedio. Comparten banqueta, pero no mundo.



La vida contemporánea se organiza como superposición de capas: física, emocional, algorítmica, narrativa, económica, lúdica, espiritual. El nodo digital no crea esa fragmentación, pero la intensifica y la vuelve visible. Nos permite estar cerca sin estar disponibles; responder sin escuchar; acompañar sin presencia; mirar sin contemplar; saber sin comprender.

La hiperconexión no garantiza vínculo. Puede incluso encubrir una forma sofisticada de abandono.


¿Cómo se rompe la frontera entre realidad y ficción?

También se ha roto la frontera entre realidad y ficción. Borges llamaba herejía a aquello que, por su rigor interno, podía competir con la verdad. La cultura postdigital vive de esa ambigüedad.


Una imagen generada por IA puede no haber ocurrido y, sin embargo, producir indignación real. Una voz sintética puede no pertenecer al cuerpo que simula y, aun así, engañar, emocionar o manipular. Un texto puede haber sido escrito por una persona, una máquina o una cooperación entre ambas.


La pregunta ya no es únicamente si algo es verdadero o falso, sino qué régimen de presencia activa, qué tipo de confianza solicita, qué efectos produce, qué responsabilidades desplaza.


La palabra, entonces, regresa al centro. No como adorno humanista, sino como última tecnología de orientación. Si Borges nos enseñó algo es que la palabra puede salvarnos o perdernos, sumergirnos o permitirnos flotar, elevarnos o dejarnos en la superficie.


La palabra organiza el caos, pero también puede multiplicarlo. Nombra el mundo, pero también lo falsifica. Crea comunidad, pero también encierra al sujeto en cámaras de eco.


En la era de la inteligencia artificial, escribir, leer, preguntar y responder dejan de ser operaciones meramente expresivas; se convierten en prácticas de discernimiento ontológico. Preguntar bien será una forma de resistencia. Leer críticamente será una forma de ciudadanía. Nombrar con precisión será una forma de cuidado.


¿Qué papel conserva la palabra ante la inteligencia artificial?

Borges no nos ofrece respuestas. Nos entrega laberintos. Y quizá esa sea su mayor actualidad: enseñarnos que el problema no es estar perdidos, sino perder la capacidad de interpretar los signos del extravío.


La era postdigital no ha eliminado al ser humano; lo ha puesto frente a sus categorías rotas. Nos obliga a preguntar qué significa estar presentes sin estar juntos, recordar sin comprender, hablar sin cuerpo, dialogar con máquinas, amar a distancia, trabajar en no lugares, sufrir en silencio mientras el mundo sigue conectado, construir identidad entre datos y narraciones.


La palabra sigue siendo un reloj de arena. Cada palabra cae y, al caer, mide algo de nosotros. El desafío no consiste en regresar nostálgicamente al mundo anterior, sino en impedir que la hiperconectividad nos robe la hondura de la experiencia.


Habitar la era de la inteligencia artificial exigirá aprender a distinguir entre conexión y vínculo, entre información y sabiduría, entre simulación y presencia, entre memoria técnica y conciencia moral.


En el fondo del Aleph digital no está todo el universo. Está la pregunta por nuestra humanidad. Y esa pregunta, todavía, sólo puede responderse con responsabilidad, lenguaje, cuidado y con la dignidad de quien sabe que ningún sistema, por más inteligente que parezca, puede sustituir el misterio irreductible de una persona situada ante otra, llamándola por su nombre.


Preguntas frecuentes

¿Qué es la era postdigital?La era postdigital es la condición cultural en la que las tecnologías digitales dejan de ser una capa externa y se vuelven parte estructural de la experiencia humana.

¿Por qué Borges es relevante para pensar la inteligencia artificial?Porque sus ficciones anticipan problemas contemporáneos: memoria infinita, simulación, hiperconectividad, mundos posibles y pérdida de orientación en sistemas de signos.

¿Qué representa el Aleph en la cultura digital?El Aleph puede leerse como una figura de la conexión total: verlo todo no equivale a comprenderlo todo.

¿Cómo transforma la IA la identidad humana?La IA distribuye la identidad entre datos, perfiles, textos, imágenes, inferencias algorítmicas y memorias técnicas que pueden persistir más allá de la voluntad del sujeto.

¿Por qué la palabra sigue siendo central ante la IA?Porque preguntar, leer, nombrar y responder críticamente son prácticas de orientación moral en un entorno donde las máquinas producen lenguaje sin experiencia vivida.


Referencias

Augé, M. (1992). Non-lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité. Seuil.

Borges, J. L. (1944). Ficciones. Sur.

Borges, J. L. (1949). El Aleph. Losada.

Borges, J. L. (1975). El libro de arena. Emecé.

DataReportal. (2025). Digital 2026 Global Overview Report.

Floridi, L. (2014). The Fourth Revolution: How the Infosphere is Reshaping Human Reality. Oxford University Press.

Hayles, N. K. (1999). How We Became Posthuman: Virtual Bodies in Cybernetics, Literature, and Informatics. University of Chicago Press.

Ricoeur, P. (1983–1985). Temps et récit. Seuil.

Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence. (2026). AI Index Report 2026.

Stiegler, B. (1994). La technique et le temps 1: La faute d’Épiméthée. Galilée.

UNESCO. (2021). Recommendation on the Ethics of Artificial Intelligence.



Este análisis forma parte de Anáhuac Landscape, plataforma dedicada al estudio de la inteligencia artificial, la ética, la comunicación y la cultura digital. Desde el Human & Nonhuman Communication Lab, exploramos cómo la era postdigital transforma la experiencia humana, el lenguaje, la identidad y las formas de vínculo. Explora más investigaciones, tendencias y recursos especializados en nuestro Observatorio IA.


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