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Celulares en escuelas: la infancia que México debe recuperar

  • hace 2 días
  • 7 min de lectura

Celulares en escuelas: la infancia que México debe recuperar


Los celulares en escuelas no son sólo un problema de disciplina, sino un síntoma de una infancia que perdió espacios de conversación, juego, seguridad y pertenencia. Regular pantallas puede recuperar atención en el aula, pero no devolverá por sí sola comunidad, presencia ni salud emocional. El verdadero debate mexicano es si queremos quitar dispositivos o reconstruir un mundo habitable para niñas, niños y adolescentes.


Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo,

Doctor en Comunicación Aplicada,

Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada,

Human & Nonhuman Communication Lab,

Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México,

Correo: jhidalgo@anahuac.mx, ORCID: 0000-0002-6204-9534


La pregunta nunca debió reducirse a si los teléfonos celulares deben entrar o salir de la escuela. Esa es apenas la espuma del problema. La pregunta verdadera, la que incomoda porque no cabe en un reglamento, es otra: ¿a qué mundo queremos que regresen niñas, niños y adolescentes cuando les retiremos la pantalla de las manos?

Quizá no estamos frente a una generación capturada únicamente por dispositivos, sino ante una infancia que encontró en ellos lo que la ciudad, la familia, la escuela y la comunidad dejaron de garantizar: conversación, juego, refugio, reconocimiento, pertenencia.


¿Por qué el debate no es sólo celulares en escuelas?

México ya vive esta discusión con rostro normativo. En mayo de 2026, el Congreso de la Ciudad de México aprobó una reforma para regular el uso responsable de celulares en primarias y secundarias capitalinas e incorporar el principio de aprendizaje digital responsable. El propio Congreso aclaró que el dictamen no prohíbe de manera absoluta los teléfonos celulares y que sólo prohibir el uso de dispositivos no resuelve el problema de fondo.

La medida no está aislada. UNESCO reportó que, para marzo de 2026, 114 sistemas educativos tenían prohibiciones nacionales de celulares en escuelas, equivalentes al 58% de los países monitoreados. En junio de 2023, menos de uno de cada cuatro países contaba con medidas semejantes. La escuela global está intentando recuperar silencio, atención y convivencia. Pero ninguna prohibición, por necesaria que parezca, reconstruye por sí sola el tejido roto.

El propio informe de UNESCO advierte que el debate ya no consiste únicamente en decidir si los teléfonos pertenecen o no a la escuela. El desafío es usar la tecnología en términos educativos y preparar a los estudiantes para navegar críticamente el mundo digital.


¿Qué revela la regulación mexicana sobre pantallas e infancia?

Los datos mexicanos muestran la magnitud del hábitat digital. En 2024, 83.1% de la población de seis años o más usó internet; entre adolescentes de 12 a 17 años, la proporción llegó a 95.1%, y 97.2% de las personas usuarias se conectó mediante teléfono inteligente. Internet ya no es un lugar al que se entra; es el clima donde se respira.

El problema no es sólo el aparato, sino la ecología completa de notificaciones, expectativas laborales, vínculos mediados, consumo emocional, escolarización digital y vigilancia algorítmica.

La OCDE advierte que casi uno de cada tres estudiantes de 15 años, en promedio en países miembros, reporta distracción por dispositivos digitales en la mayoría o todas sus clases de matemáticas. También señala una paradoja: el uso moderado de tecnologías para aprender puede asociarse con mejores desempeños, mientras que el uso recreativo prolongado dentro de la escuela se vincula con menores resultados y menor sentido de pertenencia. Ahí está la grieta: no toda pantalla educa, pero tampoco toda pantalla degrada. El criterio no puede ser moralista. Debe ser pedagógico, comunitario, ético.


¿Cuándo una pantalla compensa una ausencia?

El celular no llegó a sustituir una infancia plena. Llegó a instalarse donde el mundo físico empezó a fallar.

La violencia redujo la calle. La inseguridad cerró los parques. La vida urbana expulsó el juego espontáneo. Las familias se hicieron más pequeñas. Las jornadas laborales se extendieron. Los trayectos devoraron la tarde. El barrio dejó de ser comunidad y se volvió dirección postal.

Hannah Arendt comprendió que la vida humana necesita un espacio común donde aparecer ante otros, actuar, hablar y ser reconocido. Cuando ese espacio se debilita, la pantalla no sólo entretiene: compensa. Administra una ausencia.

Un adolescente que encuentra en un videojuego cooperativo una comunidad estable no está únicamente obedeciendo a un algoritmo; está buscando un lugar. Una niña que conversa durante horas por mensajería no sólo evade la realidad; quizá está intentando sostener vínculos que ya no caben en una casa saturada de cansancio. Un joven que se refugia en redes no siempre huye de la familia; a veces huye del silencio afectivo que la familia no sabe nombrar.

Sherry Turkle advirtió que las tecnologías conectivas podían producir una condición paradójica: estar juntos, pero cada quien solo con su propio dispositivo. La frase se ha repetido demasiado, pero su hondura permanece: la tecnología no destruye automáticamente el vínculo; lo vuelve negociable, programable, editable.

El rostro del otro aparece mediado por interfaz. La espera se vuelve insoportable. La validación se cuantifica. La ausencia se cubre con scroll.


¿Qué cambia con la llegada de compañeros de IA?

La inteligencia artificial añade una capa más delicada. Ya no hablamos sólo de pantallas que muestran contenidos, sino de sistemas que responden, simulan escucha, producen afecto sintético, aconsejan, corrigen tareas, acompañan duelos, improvisan consuelo.

Pew Research Center encontró en 2026 que 57% de adolescentes estadounidenses había usado chatbots para buscar información, 54% para tareas escolares y 12% para apoyo emocional o consejo. Aunque se trata de datos de Estados Unidos, anticipan el dilema que ya toca la puerta: la soledad infantil y adolescente puede ser ocupada por sistemas conversacionales diseñados para responder, agradar y retener.

Common Sense Media reportó en 2025 que 72% de adolescentes estadounidenses había usado compañeros de IA y 52% lo hacía regularmente. Su propia evaluación recomienda que menores de 18 años no usen este tipo de plataformas por los riesgos detectados.

La pregunta no es si la IA puede conversar. La pregunta es qué ocurre cuando una infancia necesitada de escucha encuentra interlocutores sintéticos antes que comunidades disponibles. Un sistema conversacional puede responder con fluidez, pero no puede hacerse responsable de una vida. Puede simular empatía, pero no cargar con el peso moral del cuidado. Puede acompañar una noche, pero no sustituir una presencia.

Por eso la política pública no puede quedarse en decomisar aparatos. UNICEF ha insistido en que la IA dirigida a niñas, niños y adolescentes debe centrarse en derechos, seguridad, privacidad, no discriminación, transparencia, bienestar e inclusión.

La alfabetización digital del siglo XXI no puede limitarse a enseñar uso responsable de plataformas. Necesita formar juicio, interioridad, carácter, autocuidado, lectura crítica del dato, comprensión del algoritmo y capacidad de reconocer cuándo una interfaz empieza a colonizar la necesidad de afecto.


¿Por qué la salud mental adolescente no se resuelve apagando pantallas?

También conviene mirar a los adultos. Exigimos que los adolescentes no dependan del teléfono mientras nosotros convertimos la disponibilidad permanente en virtud laboral. Respondemos correos de madrugada. Medimos productividad por presencia digital. Confundimos silencio con negligencia. Pedimos a los hijos que se desconecten, pero vivimos atados a la ansiedad de ser requeridos.

Emmanuel Mounier sostenía que la persona no se realiza en el aislamiento, sino en una existencia abierta, encarnada y responsable ante los otros. Esa responsabilidad comienza en casa, no en el reglamento escolar.

La salud mental adolescente tampoco se resuelve apagando pantallas. La OMS estima que uno de cada siete adolescentes de 10 a 19 años padece algún trastorno mental, y reconoce la depresión, la ansiedad y los trastornos conductuales como causas importantes de enfermedad y discapacidad en esta etapa. La pantalla puede agravar vulnerabilidades, sí. Pero muchas veces también las revela. Es termómetro, no fiebre. Es síntoma, no origen absoluto.

Una desintoxicación digital sin mundo alternativo es simple privación. Retirar el celular sin devolver conversación, lectura, juego, deporte, contemplación, amistad, silencio y comunidad equivale a cerrar una puerta sin abrir ninguna ventana.

El problema no es que las nuevas generaciones no sepan aburrirse; es que muchas veces no les hemos entregado un mundo suficientemente habitable para que el aburrimiento madure en imaginación.


¿Qué mundo debe reconstruir México para sus niñas, niños y adolescentes?

No basta sacar las pantallas del aula. Hay que devolver la infancia al territorio del encuentro.

Reconstruir barrios caminables. Recuperar patios. Abrir bibliotecas vivas. Dignificar el tiempo familiar. Formar docentes en cultura digital, no sólo en control disciplinario. Escuchar a los adolescentes sin tratarlos como pacientes de una epidemia moral. Diseñar tecnologías que no exploten fragilidades psicoemocionales. Exigir a las plataformas responsabilidad proporcional al poder que ejercen sobre la atención de los menores.

El verdadero debate mexicano no es pantalla sí o pantalla no. Es persona o mercado. Comunidad o abandono. Autonomía o administración conductual. Infancia como etapa sagrada de formación o infancia como segmento de captura.

Sacar el celular de la mochila puede ordenar una clase. Sacarlo del centro de la vida exige algo mucho más difícil: reconstruir un mundo donde niñas, niños y adolescentes no necesiten refugiarse todo el tiempo en una luz portátil para sentirse vistos, escuchados y acompañados.

La pantalla se apaga con un botón; una infancia rota sólo se repara con presencia.

¿Estamos dispuestos a devolverles un mundo, o sólo queremos quitarles el dispositivo que hizo visible nuestra renuncia?


Preguntas frecuentes

¿Por qué se debate el uso de celulares en escuelas en México?Porque los celulares pueden afectar atención, convivencia y aprendizaje, pero también revelan una crisis más amplia de comunidad, salud mental e infancia digital.

¿Prohibir celulares en escuelas mejora la educación?Puede reducir distracciones, pero no sustituye una política educativa integral con alfabetización digital, convivencia, bienestar emocional y formación crítica.

¿Qué es aprendizaje digital responsable?Es un enfoque educativo que promueve el uso crítico, seguro, pedagógico y saludable de tecnologías digitales en la escuela.

¿Cómo afecta la inteligencia artificial a niñas, niños y adolescentes?La IA puede apoyar aprendizaje, pero también crear vínculos simulados, dependencia emocional, exposición a sesgos, riesgos de privacidad y sustitución del acompañamiento humano.

¿Cuál es el verdadero debate sobre pantallas e infancia?No es sólo pantalla sí o no, sino cómo reconstruir presencia, juego, conversación, comunidad, seguridad y cuidado en la vida de niñas, niños y adolescentes.


Referencias

Arendt, H. (1958). The Human Condition. University of Chicago Press.

Common Sense Media. (2025). Talk, Trust, and Trade-Offs: How and Why Teens Use AI Companions.

Congreso de la Ciudad de México. (2026). Aprueban regulación del uso de celulares en primarias y secundarias capitalinas.

INEGI. (2025). Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares 2024.

Mounier, E. (1949). Le personnalisme. Presses Universitaires de France.

OECD. (2024). Managing screen time: How to protect and equip students against distraction.

Pew Research Center. (2026). How Teens Use and View AI.

Turkle, S. (2011). Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. Basic Books.

UNESCO. (2026). Phone bans in schools are spreading worldwide as the policy debate rages on.

UNICEF Innocenti. (2025). Guidance on AI and children.

World Health Organization. (2025). Mental health of adolescents.



Este análisis forma parte de Anáhuac Landscape, plataforma dedicada al estudio de la inteligencia artificial, la ética, la comunicación y la cultura digital. Desde el Human & Nonhuman Communication Lab, exploramos cómo las pantallas, los celulares en escuelas y la inteligencia artificial reconfiguran la infancia, el aprendizaje, la salud mental y las formas de comunidad. Explora más investigaciones, tendencias y recursos especializados en nuestro Observatorio IA.


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