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ARQUITECTURAS DIGITALES DEL ODIO

  • 24 abr
  • 7 Min. de lectura

DR. JORGE NICOLÁS RUSS MORENO

Comunidades virtuales oscuras, radicalización en red y la construcción simbólica del asesino en masa


El ataque en Teotihuacán del 20 de abril de 2026 no debe leerse sólo como un episodio criminal aislado ni como una mera irrupción de irracionalidad individual. Los datos que hasta ahora han hecho públicos las autoridades y la prensa apuntan más bien hacia una violencia simbólicamente codificada: un agresor que actuó solo, que había visitado el sitio en múltiples ocasiones, que portaba materiales vinculados con Columbine, que eligió una fecha cargada de resonancias —el 20 de abril, aniversario de la matanza de 1999 y cumpleaños de Hitler— y que convirtió el espacio del ataque en un escenario de visibilidad, captura y circulación mediática. En ese sentido, la agresión no sólo tuvo víctimas: también tuvo audiencia, y esa audiencia no fue accidental, sino constitutiva del acto mismo (Cortés & Pelaez-Fernandez, 2026; Raziel, 2026). (Reuters)


Desde una perspectiva cultural, Columbine debe entenderse menos como un antecedente histórico que como una plantilla transnacional de notoriedad violenta. Peterson et al. (2023) recuerdan que Columbine puede verse como “el primer tiroteo de la era de internet”, no sólo por su fecha, sino porque dejó tras de sí un archivo especialmente fértil para la reproducción digital: diarios, cintas, dibujos, listas, rumores, estéticas y una densa sobrevida mediática. Eso convirtió el caso en algo más que una matanza escolar: lo volvió un repertorio de signos disponible para futuras apropiaciones. De ahí que la lógica copycat no consista en repetir servilmente un caso anterior, sino en heredar su capital simbólico: su fecha, su iconografía, su prestigio siniestro, su capacidad de ser recordado y reciclado por otros (Peterson et al., 2023; Lankford & Silva, 2024). (Sage Journals)


La pregunta decisiva, entonces, no es sólo quién mata, sino qué comunidad de interpretación vuelve inteligible ese gesto. Raitanen y Oksanen (2018), a partir de trabajo etnográfico e entrevistas con personas profundamente interesadas en school shootings, sostienen que alrededor de estos hechos existe una subcultura online global. No es una comunidad homogénea ni un bloque ideológico único; al contrario, está compuesta por varios subgrupos —investigadores aficionados, fan girls, Columbiners y copycats— cuyas fronteras se tocan y a veces se traslapan. Lo importante es que incluso los sectores que no buscan imitar directamente la violencia participan en algo clave: dar fama a los perpetradores, recircular sus materiales y producir nuevas lecturas de sus actos. Esa economía afectiva y simbólica es central, porque desplaza al asesino del estatuto de criminal hacia el de figura de culto, archivo visual y signo compartible (Raitanen & Oksanen, 2018). (Sage Journals)


Allí aparece uno de los rasgos centrales del presente: estas comunidades no sólo comentan la violencia, sino que la archivan, clasifican, estetizan y serializan. Transforman un crimen en cronología, un perpetrador en personaje, una masacre en referencia, una frase en consigna, una efeméride en ritual. Peterson et al. (2023) muestran que, entre 44 tiradores públicos analizados por su actividad digital, aparecieron patrones recurrentes: cambios bruscos en hábitos de publicación, radicalización online, fascinación por la violencia, referencias a tiradores anteriores, signos de suicidabilidad y, en algunos casos, publicaciones durante el propio ataque para aumentar notoriedad. Emily Powell (2025), por su parte, ha mostrado que ciertos manifiestos no se limitan a explicar un hecho pasado, sino que interpelan a futuros atacantes como audiencia imaginada. No estamos, pues, sólo ante “contagio” en sentido pasivo, sino ante una forma de comunicación anticipatoria en la que algunos perpetradores escriben para ser continuados (Peterson et al., 2023; Powell, 2025). (Sage Journals)


Ese tránsito de la violencia hacia la circulación depende, además, de una infraestructura de plataformas. Las comunidades oscuras no nacen en un solo sitio ni permanecen confinadas a un foro único. Se forman en el cruce entre espacios fringe y espacios mainstream: foros cerrados, canales privados, plataformas con escasa moderación, pero también redes sociales convencionales, capturas de pantalla, reposts, hashtags, videos cortos y circuitos de recomendación algorítmica. Weiss et al. (2025) subrayan que los entornos fringe ofrecen condiciones especialmente favorables para reforzar visiones radicalizadas con poca interferencia externa, mientras que el contenido producido allí puede filtrarse y normalizarse en entornos más amplios. Gerrand et al. (2025) llegan a una conclusión convergente al señalar que la neo-manosphere actual no opera ya como un archipiélago aislado, sino mediante “pipelines” y trayectorias migratorias entre plataformas, facilitando cruces entre misoginia, conspiracionismo, anti-transfobia, gaming spaces y extrema derecha. Lo decisivo es que el ecosistema digital contemporáneo permite que ideas antes marginales viajen con rapidez, se descontextualicen, se estetizen y se vuelvan emocionalmente accesibles para sujetos vulnerables, resentidos o en búsqueda de pertenencia (Weiss et al., 2025; Gerrand et al., 2025). (uscholar.univie.ac.at)


Aquí entra el componente de la manosphere y su relación con la extrema derecha. No hay, hasta donde llega la información pública disponible, prueba concluyente de que el atacante de Teotihuacán proviniera de una comunidad manosphere específica; lo que sí aparece documentado con mayor claridad son referencias a Columbine, adhesión a Hitler, saludo nazi e insultos xenófobos y misóginos durante el ataque. Por eso, analíticamente, conviene no afirmar más de lo que sabemos. Sin embargo, en términos estructurales, sí es legítimo insertar el caso en un campo más amplio donde la misoginia online funciona a menudo como puerta de entrada o “bridging narrative” hacia formas más extensas de extremismo. Weiss et al. (2025) encuentran evidencia empírica de que la exposición a contenido sexista en redes puede predecir mayor exposición posterior a contenido de extrema derecha, precisamente porque ambas visiones comparten una misma gramática jerárquica: superioridad masculina, resentimiento ante la emancipación femenina, otras formas de deshumanización y fantasías de restauración del orden. Gerrand et al. (2025) añaden que #Gamergate fue un punto de inflexión porque fijó repertorios comunicativos —acoso coordinado, doxxing, campañas de falsa bandera— que luego circularon entre antifeminismo, ultraderecha y espacios de radicalización juvenil. En otras palabras, la misoginia digital no siempre desemboca en violencia extrema, pero sí puede funcionar como pasarela afectiva e ideológica hacia otros odios políticamente más articulados (Weiss et al., 2025; Gerrand et al., 2025). (uscholar.univie.ac.at)

Esto obliga a matizar otro error frecuente: creer que basta con un diagnóstico psiquiátrico para explicar estos hechos. En el caso de Teotihuacán, las autoridades hablaron de “perfil psicopático”, de un padecimiento mental y de notas extrañas dejadas por el agresor; públicamente también se ha reportado que actuó con premeditación, que visitó el sitio con anterioridad y que llevaba literatura vinculada a actos de violencia previos. Todo ello puede ser relevante para una investigación forense, pero no agota el fenómeno. Peterson et al. (2023) muestran que los signos previos a estos ataques suelen articularse como una constelación: fascinación con la violencia, identificación con perpetradores anteriores, leakage o filtración de intenciones, cambios de conducta, odio en línea, suicidabilidad y búsqueda de notoriedad. Leído así, el problema no es elegir entre “ideología” o “enfermedad”, sino reconocer que muchos casos emergen de la interacción entre fragilidad psíquica, agravio subjetivo, comunidad de validación e imaginarios violentos ya disponibles. Reducir todo a locura individual borra precisamente lo que estos ecosistemas aportan: archivo, lenguaje, horizonte de reconocimiento y modelos de actuación (Peterson et al., 2023; Cortés & Pelaez-Fernandez, 2026). (National Institute of Justice)


El caso de Teotihuacán resulta especialmente perturbador porque hace visible una mutación importante: el copycat contemporáneo ya no necesita reproducir exactamente el guion escolar de Columbine para pertenecer a su linaje simbólico. Le basta con apropiarse de sus marcadores de pertenencia: la fecha, el imaginario hitleriano, el gesto suicida, la carga mediática del nombre, el aura de crimen fundacional, incluso la estética de comunidad true crime que ciertos reportes periodísticos vinculan a la playera del agresor. A eso se suma un detalle clave: eligió como escenario un sitio patrimonial cargado de densidad histórica, elevación visual y atractivo turístico. No atacó sólo a personas; atacó desde una posición escénica, sabiendo que sería visto, grabado y comentado. La violencia dejó así de ser únicamente destructiva para convertirse también en acto de inscripción pública, casi en performance homicida de circulación inmediata (Raziel, 2026; Cortés & Pelaez-Fernandez, 2026). (El País)

Lo más inquietante de este panorama es que revela una transformación del agresor mismo. El asesino en masa contemporáneo no busca solamente matar: busca entrar en el archivo, ser parte de una secuencia, quedar indexado en una comunidad de referencias. Aspira a que su acto sea leído, clasificado, capturado, comentado, recompartido. Ahí reside la lógica profunda del copycat: no copiar un crimen, sino copiar una forma de presencia. Por eso, cuando hablamos de comunidades virtuales oscuras, no hablamos sólo de grupos que celebran la violencia de manera explícita; hablamos de espacios que producen familiaridad con ella, le dan una estética, la vuelven narrable, la insertan en repertorios meméticos y ofrecen una gramática de pertenencia a sujetos aislados. El aislamiento individual, en este marco, no excluye la comunidad: la presupone. Son sujetos solos, sí, pero acompañados por archivos, pantallas, foros, símbolos y fantasmas digitales (Raitanen & Oksanen, 2018; Powell, 2025; Peterson et al., 2023). (Sage Journals)


De ahí que una crítica seria no pueda limitarse a denunciar “las redes” en abstracto. El problema no es internet en general, sino una combinación de factores: algoritmos que recompensan intensidad emocional, plataformas que facilitan la migración entre comunidades, culturas de la celebridad que premian la visibilidad extrema, cobertura mediática que a menudo mitifica al perpetrador y entornos ideológicos que convierten el resentimiento en identidad política. En ese terreno, la prevención exige mirar menos el instante espectacular del ataque y más la ecología de incubación que lo precede: la misoginia como pasarela, la extrema derecha como horizonte de sentido, la circulación de manifiestos y memorabilia, la estetización del asesino y la normalización de lenguajes de exterminio, humillación o autodestrucción. Lo que Teotihuacán recuerda con brutal claridad es que el copycat no nace sólo de una mente perturbada; nace también de una cultura digital capaz de conservar, redistribuir y actualizar prestigio siniestro (Weiss et al., 2025; Meindl & Ivy, 2017; Peterson et al., 2023). (uscholar.univie.ac.at)


Referencias en APA 7

Cortés, R., & Pelaez-Fernandez, A. (2026, April 22). Mexico pledges World Cup safety after shooting at ancient pyramids. Reuters.

Gerrand, V., Ging, D., Roose, J. M., & Flood, M. (2025). Mapping the neo-manosphere(s): New directions for research. Men and Masculinities. Advance online publication. https://doi.org/10.1177/1097184X251350277

Lankford, A., & Silva, J. R. (2024). Similarities between copycat mass shooters and their role models: An empirical analysis with implications for threat assessment and violence prevention. Journal of Criminal Justice, 95, 102316. https://doi.org/10.1016/j.jcrimjus.2024.102316

Meindl, J. N., & Ivy, J. W. (2017). Mass shootings: The role of the media in promoting generalized imitation. American Journal of Public Health, 107(3), 368–370. https://doi.org/10.2105/AJPH.2016.303611

Peterson, J., Densley, J., Spaulding, J., & Higgins, S. (2023). How mass public shooters use social media: Exploring themes and future directions. Social Media + Society, 9(1). https://doi.org/10.1177/20563051231155101

Powell, E. (2025). Addressing imagined future attackers: A corpus analysis of shared agency in the online manifestos of perpetrators of mass harm. Applied Corpus Linguistics, 5(3), 100160. https://doi.org/10.1016/j.acorp.2025.100160

Raitanen, J., & Oksanen, A. (2018). Global online subculture surrounding school shootings. American Behavioral Scientist, 62(2), 195–209. https://doi.org/10.1177/0002764218755835

Raziel, Z. (2026, April 21). Julio César Jasso Ramírez: el tirador de Teotihuacán que celebraba la matanza de Columbine y a la ultraderecha fascista. El País.

Weiss, P., et al. (2025). A narrow gateway from misogyny to the far right: Empirical evidence for social media exposure effect. Information, Communication & Society. Advance online publication.

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