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Recuerdos en renta: la memoria en tiempos de la IA

  • hace 5 días
  • 6 Min. de lectura

 

 

 

Dr. Jorge Russ

El recuerdo antes tenía domicilio fijo: una caja, un cajón, una repisa. En México, tenía además…un ritual. Las fotos se sacaban en la sobremesa, se comentaban como quien reza una letanía doméstica: “¿te acuerdas de tu tío con ese bigote?”, “mira nada más el vestido”, “aquí en esta foto, todavía vivía la abuela”. La memoria no era solo un archivo, era un evento social.


Hoy ese domicilio se volvió móvil, ligero y caprichoso: vive en el teléfono, flota en la nube, se esconde detrás de una contraseña y a veces aparece, como un fantasma amable, cuando una aplicación decide “recordarnos” algo: la abuela en su último cumpleaños, el nacimiento de tu hijo, el día que tu hija ganó su cinta en el karate.


La tecnología no llegó únicamente a ayudarnos a guardar; llegó a participar en el acto mismo de recordar. Y eso cambia todo. Porque cuando el recuerdo se vuelve digital, ya no depende solo de lo que una persona decide conservar, sino de lo que un sistema permite almacenar, ordenar, mostrar y, en ocasiones, borrar. En el álbum familiar cabían pocas fotos y esa escasez obligaba a escoger. En el celular caben miles, y esa abundancia produce una paradoja: cuanto más guardamos, menos encontramos; cuanto más registramos, menos narramos. La memoria se vuelve una cascada de fragmentos, una línea interminable donde conviven el video de la piñata con el recibo del gas, la captura del banco, la foto del mole, el meme del grupo familiar y el documento escaneado que había que enviar “para ayer”. Todo cabe, sí, pero no todo se convierte en historia.


En la vida mexicana esto se nota con una claridad particular porque recordamos en plural. El grupo de WhatsApp de la familia funciona como una memoria comunitaria: ahí se coordina el cuidado de alguien enfermo, se comparte la noticia urgente tras un sismo, se decide quién lleva qué a la comida del domingo, se manda la foto del altar en Día de Muertos. Pero esa memoria, al mismo tiempo, es frágil: se pierde entre mensajes, se rompe con un cambio de teléfono, se vuelve inaccesible cuando alguien fallece y la cuenta queda cerrada con candado digital. De pronto la memoria familiar depende de factores extraños a la vida cotidiana: un correo de recuperación, un número que ya no existe, una política de plataforma, un bloqueo automático. Lo que antes podía sobrevivir en una caja por décadas, hoy puede desvanecerse por un “no se pudo iniciar sesión”.


Hay otra transformación más sutil: la plataforma no solo guarda, también sugiere qué merece ser recordado. Las redes sociales y aplicaciones nos devuelven el pasado empaquetado como “recuerdo”: una foto de hace cinco años, un collage automático, una notificación que dice “mira lo que estabas haciendo”. Parece un servicio inocente, incluso tierno. Sin embargo, detrás suele haber una lógica distinta a la del afecto: la lógica de la interacción. Lo que se muestra tiende a ser aquello que tuvo respuesta, aquello que generó movimiento, aquello que mantiene a la persona dentro del sistema. Y entonces aparece una confusión peligrosa: empezar a creer que lo memorable es lo visible, que lo importante es lo que fue celebrado, que el valor de un momento se mide en reacciones.


En México, donde muchos de los instantes más significativos no son “publicables”, esa lógica puede deformar el espejo. El recuerdo más crucial quizá no es la foto bonita, sino la conversación donde se juntó dinero para una cirugía, el audio que confirmó “estoy bien” tras el temblor, la visita silenciosa al panteón, el día que se regresó del hospital, la despedida en la puerta cuando alguien migró. Esos recuerdos sostienen la vida, pero no siempre generan aplausos digitales. Si dejamos que el algoritmo haga la curaduría emocional, corremos el riesgo de que el pasado que regresa sea el pasado que mejor funciona como contenido, no el que mejor explica quiénes somos.


A esto se suma una realidad incómoda: en lo digital, muchas veces no somos dueños de nuestros recuerdos, somos usuarios con permiso temporal. No compramos propiedad, rentamos acceso. En papel, una fotografía es un objeto: está ahí, incluso si no la miramos. En la nube, una fotografía es una relación contractual: existe mientras podamos entrar, mientras la cuenta siga activa, mientras el servicio no cambie términos, mientras el sistema no decida que algo violó reglas. Por eso la frase común “perdí todas mis fotos” no debería sonar como descuido personal, sino como síntoma cultural: construimos nuestra memoria en infraestructuras que no controlamos del todo.


Y cuando parecía que el mayor riesgo era perder el acceso, aparece la IA generativa como un giro todavía más profundo: ya no solo administra recuerdos, también puede fabricarlos. Hoy se puede generar una imagen “antigua” de una escena que nunca fue fotografiada: la abuela joven en el pueblo, un bisabuelo “como” revolucionario, la familia reunida en una época que no tiene registro. Esto puede tener usos conmovedores: hay contextos terapéuticos o familiares donde una imagen recreada ayuda a conversar, a acompañar, a reconstruir un hilo. Pero la misma posibilidad abre un terreno resbaloso: la imagen deja de ser evidencia y se vuelve propuesta estética. Y una propuesta, compartida sin etiqueta, se convierte rápidamente en “prueba” por repetición.


En una cultura visual como la nuestra, donde una foto suele funcionar como garantía (“si hay foto, pasó”), esto exige nuevos hábitos. El problema no es que la IA cree imágenes; el problema es que el entorno social no siempre distingue entre documento y simulación. La emoción ayuda a la confusión: si algo nos conmueve, baja la guardia. Si algo nos indigna, se comparte más rápido. La nostalgia y el coraje son dos autopistas perfectas para la circulación sin verificación.


La nostalgia, de hecho, se está automatizando. Existen herramientas que animan fotografías de personas fallecidas, como si respiraran o giraran el rostro. En México, donde el vínculo con los muertos es parte de la vida social, estas tecnologías tocan fibras delicadas. Para algunas personas pueden ser un puente emocional; para otras, una invasión. Y, en cualquier caso, abren preguntas éticas que no se resuelven con una reacción inmediata: ¿quién consintió esa animación?, ¿qué pasa con los datos de ese rostro?, ¿qué significa comercializar el duelo?, ¿cómo se sienten distintas comunidades culturales ante estos usos? El duelo no es un mercado… pero hay modelos de negocio interesados en que lo parezca.


Si lo anterior afecta la memoria íntima, los deepfakes amenazan la memoria pública. Un video falso atribuido a una figura política, un audio fabricado que “suena” real, una escena inventada de un hecho violento: en un país donde la conversación pública ya vive bajo presión, estas tecnologías pueden sembrar confusión a gran escala. Lo grave no es solo la mentira puntual, sino el desgaste acumulado: cuando todo puede ser falso, también se debilita la confianza en lo verdadero. Y sin confianza compartida, la memoria colectiva se vuelve arena suelta: no hay piso para discutir, para exigir justicia, para sostener versiones comunes de los hechos.


Ante este panorama, la respuesta no tiene por qué ser paranoia. Puede ser práctica. Una memoria digna se construye con gestos pequeños: seleccionar y no solo acumular; respaldar en más de un lugar; poner nombres, fechas y contexto; etiquetar lo generado por IA; hacer una pausa antes de compartir lo que enciende emociones fuertes. Es, en el fondo, recuperar una responsabilidad que antes dábamos por sentada: recordar es un verbo, no un servicio.


Tal vez el reto central sea este: no dejar que la memoria se vuelva únicamente una notificación. Porque si el pasado aparece solo cuando una plataforma lo considera útil, nuestra historia queda subordinada a intereses ajenos. Y en México, donde la memoria familiar y la memoria social han sido formas de resistencia, de identidad y de cuidado, delegar el sentido del recuerdo es más que una comodidad; es una renuncia. La tecnología puede ayudar, sí, pero el significado no se sincroniza en automático. Se construye entre personas, con palabras, con contexto y con decisiones. Y esas decisiones, por ahora, siguen siendo nuestras.


Fuentes bibliográficas (3)

·       van Dijck, José. Mediated Memories in the Digital Age. Stanford University Press, 2007.

·       Zuboff, Shoshana. The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs, 2019.

·       Chesney, Robert; Citron, Danielle Keats. “Deep Fakes: A Looming Challenge for Privacy, Democracy, and National Security.” California Law Review, 2019.

 

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