top of page

“¿Por qué aprendes mejor que la empresa para la que trabajas?” de Javier Martínez Aldano. Reseña

  • 24 abr
  • 4 Min. de lectura

Por: Claudia Baleón García


El artículo del especialista en cultura de aprendizaje Javier Martínez Aldanondo ofrece una reflexión sólida, provocadora y especialmente pertinente para el contexto contemporáneo: las personas están mejor preparadas para aprender que las organizaciones a las que pertenecen.


Esta afirmación, que a primera vista podría parecer intuitiva, es desarrollada con rigor conceptual y ejemplos claros que evidencian una brecha estructural entre el aprendizaje individual y el organizacional.

El texto parte de una evolución conceptual del propio autor —quien en 2015 sostenía que las personas eran “más inteligentes” que las empresas— para replantear su tesis en términos más precisos: no es solo una cuestión de inteligencia, sino de capacidad de aprendizaje. En un entorno caracterizado por la incertidumbre, la aceleración tecnológica, la irrupción de la inteligencia artificial y los cambios geopolíticos, aprender se convierte en una condición de supervivencia tanto para individuos como para instituciones.


Uno de los aportes más relevantes del artículo es la distinción entre la arquitectura natural del aprendizaje humano y la carencia estructural de las organizaciones en este ámbito. Martínez Aldanondo explica que los seres humanos contamos, desde el nacimiento, con un sistema integrado que favorece el aprendizaje continuo: cerebro, sistema nervioso, memoria, emoción, motivación, atención y lenguaje. Estos elementos no operan de forma aislada, sino como un sistema complejo que permite captar información, procesarla, almacenarla, recuperarla y transformarla en acción.


En contraste, las organizaciones no poseen un “cerebro” ni un sistema equivalente. Dependen de las personas que las integran, lo que genera una paradoja: el conocimiento reside en los individuos, pero rara vez se convierte en patrimonio colectivo. Esta situación se agrava por factores como la rotación del personal, la falta de alineación entre objetivos individuales y organizacionales, y la ausencia de mecanismos efectivos para gestionar el conocimiento.


El autor profundiza en los fundamentos biológicos del aprendizaje humano, destacando elementos clave como:

• La plasticidad cerebral, que permite modificar las conexiones neuronales a partir de la experiencia, facilitando la adaptación constante.

• La memoria, en sus distintas formas, como base para consolidar el aprendizaje y evitar que la experiencia se diluya.

• La emoción, que actúa como filtro y amplificador del aprendizaje significativo, determinando qué se recuerda y qué se olvida.

• La atención, como mecanismo de selección en un entorno saturado de información.

• La motivación y la curiosidad, que impulsan la exploración y el desarrollo de nuevas habilidades.

• La dimensión social del aprendizaje, que incluye la imitación, la interacción y el lenguaje como herramientas para aprender de otros.


Estos elementos evidencian que el aprendizaje humano no es un proceso meramente cognitivo, sino una experiencia integral que involucra cuerpo, mente, emociones y contexto social. En palabras del propio autor, las personas no solo tienen conocimiento, sino una biología orientada al aprendizaje .


Por otro lado, el artículo subraya que las organizaciones, al carecer de esta base biológica, deben construir artificialmente sus capacidades de aprendizaje. Esto implica diseñar sistemas de información, crear espacios de conversación, desarrollar comunidades de práctica, fomentar la cultura de colaboración y establecer mecanismos para capturar y compartir el conocimiento. Sin embargo, el autor advierte que la mayoría de las empresas no lo hace de manera sistemática, pues están enfocadas en el corto plazo, los resultados inmediatos y la operación cotidiana.


Una de las ideas más poderosas del texto es la analogía entre los individuos y las organizaciones: tener personas que aprenden no garantiza que la organización aprenda, del mismo modo que tener ladrillos no asegura la construcción de una catedral. El aprendizaje organizacional requiere intención, diseño y continuidad.


Finalmente, Martínez Aldanondo concluye con una advertencia clara: las organizaciones que no desarrollen su capacidad de aprender están condenadas a desaparecer. En este sentido, el aprendizaje deja de ser una ventaja competitiva para convertirse en una condición indispensable de supervivencia, especialmente en un mundo donde la inteligencia artificial y la gestión del conocimiento juegan un papel cada vez más central.


Reflexión.

Las ideas planteadas en este artículo tienen implicaciones profundas para instituciones educativas como la Universidad Anáhuac, cuya misión formativa se sitúa precisamente en el corazón del aprendizaje. Más allá de transmitir contenidos, la universidad está llamada a formar individuos capaces de aprender de manera autónoma, crítica y continua a lo largo de su vida.


En el contexto específico de la Facultad de Comunicación de la Universidad Anáhuac, esta reflexión adquiere una relevancia aún mayor. La comunicación es un campo en constante transformación, atravesado por la digitalización, la convergencia mediática, la inteligencia artificial y los cambios en las audiencias. En este escenario, el conocimiento técnico se vuelve rápidamente obsoleto, por lo que la verdadera competencia clave es la capacidad de aprender, desaprender y reaprender.


El artículo invita a repensar el modelo educativo desde una perspectiva más dinámica y sistémica. No basta con ofrecer programas académicos actualizados; es necesario construir ecosistemas de aprendizaje que integren la experiencia, la reflexión, la colaboración y el uso inteligente de la tecnología. Esto implica, por ejemplo:

• Fomentar comunidades de aprendizaje entre estudiantes y profesores.

• Promover metodologías activas basadas en la experiencia y la resolución de problemas.

• Integrar herramientas digitales y de inteligencia artificial como aliadas del aprendizaje.

• Valorar el error como parte del proceso formativo y no como un fracaso.

En este sentido, la Facultad de Comunicación tiene la oportunidad de posicionarse como un espacio donde no solo se enseñe comunicación, sino donde se practique el aprendizaje continuo como competencia profesional esencial.


Por la claridad de su planteamiento, la profundidad de su análisis y la vigencia de sus conclusiones se invita a la lectura completa del artículo de Javier Martínez Aldanondo, disponible en el siguiente enlace:


Su lectura permite ampliar estas reflexiones y ofrece claves valiosas para comprender uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo: cómo aprender mejor en un mundo que no deja de cambiar.

Comentarios


bottom of page