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La incertidumbre del cine tradicional en el contexto de lo digital

  • hace 2 horas
  • 2 Min. de lectura

Por Isabel Lincoln Strange


Hace tiempo escribí un artículo en el que analicé la realidad a la que se afrontaron las salas cinematográficas y ante el crecimiento del streaming durante la pandemia de la COVID-19 (Lincoln-Strange, 2021). Cuando escribí ese artículo, tenía la confianza (la esperanza) de que los cines recuperarían su público y se abarrotarían de nuevo; que la crisis era temporal. Observaba que vivíamos un momento de quiebre histórico en la relación entre las audiencias, el cine y la tecnología, que dependía de la pandemia. Dicho artículo parte de una coyuntura excepcional, el cierre global de salas cinematográficas durante la emergencia sanitaria, para problematizar no sólo las pérdidas económicas de la industria, sino, sobre todo, la transformación de la experiencia cultural del cine como práctica social. La pandemia apareció como un catalizador que aceleró las tensiones preexistentes entre la pantalla grande y las plataformas digitales, y puso en evidencia una crisis que es profundamente simbólica y cultural.


El artículo se sustenta en un enfoque teórico apoyado en autores como Gilles Lipovetsky, Carlos Scolari, Pierre Sorlin y Umberto Eco, en la medida que considero importante estudiar el auge del streaming como parte de un proceso de hipermedialización del consumo audiovisual. Asimismo, recupero la noción de hipermodernidad para explicar cómo el encierro intensificó prácticas ya normalizadas: la multiplicación de pantallas, la personalización del consumo y el desplazamiento del ritual colectivo del cine hacia el espacio doméstico. En este contexto, plataformas como Netflix, Amazon Prime o Disney+ no sólo incrementaron suscriptores, sino que se consolidaron como un ejemplo de un modelo cultural que manifiesta una nueva relación entre el entretenimiento, el tecnología y la vida cotidiana, que ya habían anticipado Lipovetsky (2011) y Scolari (2008).


No obstante, el cine es una experiencia cultural irreductible a la lógica del consumo individual. Sorlin subrayaba que asistir —o no asistir— al cine implica una toma de posición simbólica frente a la cultura, y que la sala cinematográfica constituye un espacio de socialización, memoria y aprendizaje colectivo. Frente a ello, el streaming aparece como una solución eficaz en tiempos de crisis, pero también como un modelo que tensiona la dimensión ritual y comunitaria del cine, desplazándola hacia una experiencia fragmentada, privada y mediada por algoritmos.


Considero esencial que reflexionemos sobre el futuro del cine como una forma de arte que vive en la incertidumbre. Si bien el streaming se consolidó durante la pandemia como una alternativa dominante, sostengo que la experiencia cinematográfica no puede comprenderse únicamente desde la lógica tecnológica o económica. Más bien, nos encontramos ante un momento de reflexión sobre cómo habitamos las imágenes, cómo construimos comunidad a través de ellas y qué lugar ocupa el cine (como arte y como rito social) en una cultura marcada por la hiperconectividad y la fragilidad de lo colectivo.

 

Referencias

Lipovetsky, G. (2011). El occidente globalizado. Un debate sobre la cultura planetaria. Anagrama.

Scolari, C. (2008). Hipermediaciones. Elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva. Gedisa.

Sorlin, P. (1985). Sociología del cine. La apertura para la historia de mañana. Fondo de Cultura Económica.

Lincoln-Strange, I. (2020). La incertidumbre de las salas cinematográficas y el crecimiento del streaming ante la pandemia de la COVID-19. Sintaxis, número especial COVID-19. https://doi.org/10.36105/stx.2020edespcovid-19.08

 


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