top of page

En la tristeza y la enfermedad. Sentir, sostener, permanecer: hacia una ética del cuidado comunicacional en tiempos de soledad radical

  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México


En algún punto de nuestra historia reciente dejamos de aprender a estar. No a estar físicamente (porque nunca habíamos estado tan conectados) sino a estar existencialmente disponibles para el otro. Y es ahí donde emerge una de las paradojas más inquietantes de la contemporaneidad: mientras más dispositivos, plataformas y canales poseemos, más frágiles, intermitentes y condicionados se han vuelto nuestros vínculos. Hoy, más que nunca, el otro parece diluirse en el ruido, desaparecer en la urgencia, posponerse en la lógica de lo inmediato. Y sin embargo, es precisamente en la tristeza, en la enfermedad y en la soledad donde el otro se vuelve imprescindible.


La historia reciente de la humanidad podría narrarse como una progresiva sofisticación de nuestras capacidades de mediación y, simultáneamente, como una erosión silenciosa de nuestra capacidad de presencia. La hiperconectividad no ha sido únicamente una expansión de canales, sino una transformación ontológica del modo en que habitamos al otro.


Como ya lo advertía Zygmunt Bauman, “las relaciones líquidas se caracterizan por su fragilidad, su transitoriedad y su carácter revocable”. Pero lo que en su momento parecía una descripción sociológica, hoy se manifiesta como una condición existencial: la imposibilidad de permanecer.


La modernidad tardía no sólo desplazó el eje del deber hacia el deseo, sino que reconfiguró la arquitectura misma del vínculo. La elección constante, celebrada como conquista de la autonomía, terminó por debilitar la idea de compromiso. Estar con el otro dejó de ser un destino para convertirse en una opción. Y toda opción, en la lógica del mercado, es reemplazable. Así, el acompañamiento se somete a la lógica de la optimización: se elige cuándo, cómo y hasta dónde estar. Lo demás se delega, se posterga o, en el peor de los casos, se ignora.


En este contexto, la vulnerabilidad del otro se vuelve incómoda. La tristeza interrumpe la productividad. La enfermedad desestabiliza la narrativa del bienestar. La soledad exige una pausa que la cultura de la inmediatez no está dispuesta a conceder.


Byung-Chul Han lo formula con crudeza al señalar que “la sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, incapaces de sostener al otro porque ya no pueden sostenerse a sí mismos”. El cansancio no es sólo físico; es relacional. Y en ese agotamiento, el otro deja de ser un llamado para convertirse en una carga.


Pero reducir esta crisis a una dimensión estructural sería insuficiente. Lo que está en juego es, en última instancia, una transformación del acto comunicativo.


Comunicar, en su sentido más profundo, no es intercambiar información, sino habilitar la presencia del otro en nuestra propia existencia. Antes de las palabras, el ser humano ya sabía cuidar. Antes del discurso, existía el gesto. Antes de la argumentación, la proximidad.


En este sentido, la comunicación del cuidado se sitúa en una dimensión prelingüística y, al mismo tiempo, profundamente ética. Emmanuel Levinas planteaba que el rostro del otro nos interpela, nos exige, nos obliga. No como un mandato externo, sino como una irrupción que desestabiliza nuestro propio centro.


El otro, en su fragilidad, nos convoca a responder. Y esa respuesta no se agota en el decir; se encarna en el sostener.


Sostener implica resistir la tentación de huir ante el dolor ajeno. Implica permanecer cuando todo invita a retirarse. Implica habitar el silencio sin colonizarlo con palabras vacías.


En un mundo saturado de discursos, el silencio se convierte en un acto de resistencia comunicacional. No como ausencia, sino como espacio de acogida.

De ahí la necesidad de replantear nuestras formas de vinculación desde una lógica performativa.


John L. Austin nos recuerda que hay palabras que no describen el mundo, sino que lo crean. Decir “estoy contigo” no es una mera declaración; es la instauración de un compromiso. Un pacto que, al ser pronunciado, exige ser encarnado.


Quizá por ello, la metáfora de los votos resulta particularmente sugerente. En una cultura que ha debilitado sus lazos, la explicitación del compromiso se vuelve urgente. No como formalidad, sino como acto fundacional de sentido. Declarar que se estará en la salud, en la pobreza, tristeza, en la soledad y en la enfermedad no es un gesto romántico, sino una afirmación radical de corresponsabilidad.


Porque si algo hemos olvidado es que el yo no existe sin el otro. Hannah Arendt sostenía que el mundo común se construye en el entre, en ese espacio relacional donde las existencias se entrelazan. Cuando ese entre se fractura, no sólo se rompe el vínculo; se desmorona el mundo compartido. La soledad del otro no es un fenómeno individual; es una grieta en la estructura misma de lo social.


En este horizonte, la ética del cuidado no puede entenderse como una virtud opcional, sino como una condición de posibilidad para la existencia colectiva. Cuidar no es un acto extraordinario; es la forma más elemental de sostener el mundo. Y comunicar el cuidado es, en última instancia, una práctica de restauración ontológica.


Sin embargo, esta restauración se enfrenta hoy a un nuevo mediador: la inteligencia artificial. La irrupción de sistemas capaces de simular empatía, ofrecer respuestas personalizadas y acompañar procesos emocionales plantea una tensión inédita. ¿Puede una máquina cuidar? ¿Puede un algoritmo sostener?


La respuesta exige matices. Por un lado, la IA tiene el potencial de ampliar las capacidades humanas de detección, intervención y acompañamiento. Puede identificar patrones de riesgo, ofrecer contención inicial y facilitar el acceso a redes de apoyo. En contextos donde la soledad es estructural, estas herramientas pueden convertirse en puentes.


Pero existe un riesgo latente: la sustitución del vínculo por la interfaz. Cuando la mediación tecnológica deja de ser puente para convertirse en destino, el otro desaparece. La experiencia del cuidado de que implica vulnerabilidad compartida, corporeidad, presencia, no puede ser plenamente replicada por sistemas que carecen de experiencia vivida. Como advierte Luciano Floridi, “la ética de la información nos obliga a reconocer que no toda interacción significativa puede ser reducida a procesamiento de datos”.


La cuestión, entonces, no es si la IA puede cuidar, sino cómo diseñamos sistemas que potencien el cuidado sin reemplazarlo. Tecnologías que no anestesien la responsabilidad, sino que la intensifiquen. Que no nos eximan de estar, sino que nos recuerden la urgencia de permanecer.


En este escenario, la alfabetización comunicacional del cuidado adquiere una relevancia estratégica. No se trata únicamente de enseñar a usar tecnologías, sino de formar sujetos capaces de habitar el vínculo desde la presencia. Microprácticas como nombrar la presencia, escuchar sin intervenir, sostener el tiempo del otro, habitar el silencio y cuidar el cuerpo del vínculo se convierten en actos de resistencia frente a la lógica de la aceleración.


Estas prácticas, aparentemente simples, constituyen una gramática alternativa de la comunicación. Una que no se rige por la eficiencia, sino por la densidad. Una que no busca optimizar el tiempo, sino expandir la presencia. Una que no mide el éxito en términos de productividad, sino de cuidado.


En un mundo donde la hiperconexión ha producido nuevas formas de soledad (los náufragos del bit que deambulan entre perfiles sin encontrar rostro), la tarea no es desconectarse, sino reaprender a estar. A estar con. A estar para. A estar en.


Porque al final, lo que se juega en esta crisis no es únicamente la calidad de nuestras relaciones, sino la posibilidad misma de habitar un mundo compartido. Un mundo donde el otro no sea una notificación más, sino una presencia que interpela. Donde la comunicación no sea un flujo de datos, sino un acto de cuidado. Donde la tecnología no sustituya el vínculo, sino que lo haga más urgente.


Y en ese horizonte, quizá la pregunta más radical no sea cómo volver a comunicarnos mejor, sino si estamos dispuestos a permanecer cuando el otro nos necesite, incluso y, sobre todo, cuando no haya nada que decir.


Porque tal vez ahí, en ese silencio sostenido, en esa presencia sin cálculo, en ese estar sin condiciones, se juegue lo último que nos queda de humanidad… y la posibilidad de no naufragar juntos en la infinita soledad de un mundo hiperconectado.

Comentarios


bottom of page