El vértigo de lo inagotable: estetización y consumo en la era hipermediática
- 10 nov
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo
Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
De la acumulación al éxtasis del signo
“Consumir significa destruir, gastar, dilapidar, agotar”, advertía Raymond Williams. En esa sentencia se cifra el destino de una civilización que ha confundido el placer con la posesión y el deseo con la anulación del límite. Consumir, en su sentido primigenio, fue siempre un acto de transformación: el fuego que devora para generar calor, la materia que se extingue para volverse energía. Pero en la lógica hipermoderna —esa que, como señaló Lipovetsky, convierte la fugacidad en virtud— el consumo ha dejado de ser medio para volverse fin. Es la celebración del exceso, el culto al instante, la apoteosis del “yo” como mercancía.
La cultura de consumo contemporánea se estructura sobre una paradoja ontológica: cuanto más se produce, menos se posee; cuanto más se adquiere, menos se satisface. La economía del deseo no busca ya colmar una necesidad, sino mantenerla abierta, inacabada, inasible. En este orden simbólico, el consumo deviene afirmación existencial: se consume para sentir, se consume para ser.
El intercambio simbólico de la hipermodernidad ha transformado los objetos en signos, los signos en imágenes y las imágenes en experiencias. Todo —el cuerpo, el paisaje, la emoción— se estetiza para circular. Las comunidades ya no se agrupan por clase o por territorio, sino por estética y afinidad algorítmica. En los flujos de TikTok, Twitch o Instagram, se forman comunidades efímeras de sentido, unidas por la fascinación y la inmediatez: tribus semióticas que veneran la velocidad y el impacto, el gesto y la pose, el instante y su eco.
El signo y su seducción: cuando el mundo se vuelve museo
El signo hipermediático es, en palabras de Baudrillard, “una estrategia de lo real”. Su poder no reside en representar el mundo, sino en reemplazarlo. Todo se vuelve imagen de sí mismo: el viaje es el post, la comida es la foto, la emoción es el emoji. En la era del simulacro, lo visible sustituye lo vivido.
El sujeto contemporáneo se hunde en una marea de estímulos donde cada imagen promete una revelación y sólo entrega una distracción. Las redes, los flujos de streaming y las narrativas de consumo producen una ilusión de presencia total que, paradójicamente, disuelve toda experiencia. El signo, sobrecargado y seductor, busca la inmersión estética del individuo, pero termina por consumirlo en el espectáculo de su propia representación.
En este contexto lo digital se comporta como un gas, se expande y penetra todo, se condensa en formas simbólicas que fluyen, se evaporan y vuelven a manifestarse. Los signos y los datos circulan en estado plasmático, generando presiones culturales que inflan y deforman las estructuras del sentido. La vida, transmitida y retransmitida, fluye en “modo continuo”.
Lo que alguna vez fue la excepción —la retransmisión en vivo de un concierto o una noticia— se ha convertido en la norma: el livestream como ontología de la vida. La existencia entera se reproduce en directo, en “tiempo real”, donde lo efímero adquiere un valor superior a lo permanente. Vivimos entre flujos que no acumulamos: si dejas de pagar la conexión, te quedas sin música, sin películas, sin amigos. En el fondo, sin ti mismo.
Comunidades de sentido y economías del yo
Las generaciones digitales construyen su identidad dentro de la nueva ecología de medios. El hipermedio no es sólo canal, sino hábitat; no sólo interfaz, sino territorio simbólico. Los jóvenes viven una socialización hipermediatizada, donde el reconocimiento ya no proviene de la familia o la escuela, sino de la comunidad afectiva que se congrega en torno a una narrativa visual.
El yo digital no se contempla: se produce, se programa, se distribuye. Cada selfie es un manifiesto estético, un fragmento de la biografía emocional del usuario. La selfie funciona como unidad semántica de la postfotografía: un signo que fusiona la necesidad de existencia con la estrategia de promoción. La imagen ya no documenta; escenifica. El sujeto deviene su propio publicista, gestor y audiencia. La vida, un escaparate de emociones cuidadosamente editadas.
Pierre Bourdieu habría reconocido en ello una forma de distinción simbólica. El gusto, la pose, el estilo de vida proyectado son nuevos capitales culturales y sociales. En los entornos digitales, acumular seguidores equivale a acumular legitimidad. La visibilidad se ha vuelto el nuevo nombre del poder. No es casual que el “like” funcione como moneda emocional y signo de validación colectiva: es el aplauso silencioso del mercado de las subjetividades.
Narcisismo de la hiperconexión
Byung-Chul Han sostiene que el sujeto del rendimiento, saturado de positividad, ya no es explotado por otro, sino por sí mismo. En la hiperconexión, el yo se auto-vigila, se optimiza, se expone, se promueve, se agota. La hipermediatización nos ha vuelto empresarios de nuestra propia existencia. Cada gesto se convierte en contenido, cada emoción en dato, cada relación en métrica.
El consumo, en este marco, no sólo se dirige hacia afuera: se interioriza. Nos consumimos a nosotros mismos. El cansancio existencial de la sociedad de la hiperactividad —esa fatiga que Bauman denominó “liquidez moral”— es el síntoma de una era que confunde comunicación con exposición. Los vagabundos del bit, no navegan, naufragan en la red. Están sin estar. Fluyen, pero a la deriva. Sin rumbo.
El vértigo del presente continuo ha diluido los ritmos naturales de la existencia. Vivimos sin pausa, sin silencio, sin sombra. El aburrimiento, como decía Alberti, ya no es ocio creador sino vacío existencial: una enfermedad de nuestros tiempos. De ahí el consumo compulsivo de imágenes, estímulos, series y “contenidos”. El entretenimiento se ha convertido en una forma de anestesia cultural. Como advertía Neil Postman, “nos estamos divirtiendo hasta morir”. Hoy, simplemente, nos distraemos para no sentir.
Hacia una arqueología del consumo simbólico
Entender el consumo en la era digital exige una lectura arqueológica de sus formas simbólicas. Si en el pasado consumir implicaba destruir, hoy significa diluir: disolver los límites entre lo humano y lo algorítmico, entre la emoción y su simulacro. El consumo ya no se mide en objetos adquiridos, sino en experiencias reproducidas, en emociones compartidas, en datos cedidos.
Mike Featherstone definió la cultura del consumo como un escenario de estetización de la vida cotidiana, donde los objetos son portadores de significación y los estilos de vida se convierten en mercancías. Esa estetización se ha radicalizado con las plataformas digitales: ya no sólo consumimos imágenes, somos consumidos por ellas.
En esta dinámica, los medios no sólo reflejan la cultura: la fabrican. La economía de la atención, la gamificación del deseo y la lógica de la inmediatez son nuevas formas de control simbólico. Lo que se distribuye en el flujo no son sólo productos, sino afectos, narrativas, aspiraciones. El capitalismo tardío, en su fase digital, no vende cosas: vende posibilidades de ser.
Entre el eros y el algoritmo
El desafío ético y comunicacional consiste en recuperar el eros del sentido frente al algoritmo del rendimiento. Reaprender la mirada, reconquistar la pausa, reapropiarse del silencio. En un mundo donde todo puede ser medido, compartido y monetizado, el acto de contemplar sin publicar se vuelve un gesto subversivo.
En la cultura gaseosa del presente, los sujetos flotan entre lo simbólico y lo intangible. La vida, convertida en flujo continuo, corre el riesgo de evaporarse sin dejar huella. Quizá por ello urge una pedagogía del sentido que enseñe a distinguir entre experiencia y consumo, entre comunicación y espectáculo, entre presencia y visibilidad.
El consumo seguirá siendo la gran liturgia de nuestro tiempo, pero aún podemos dotarlo de conciencia, de ética, de propósito. No se trata de renunciar al placer, sino de reconciliarlo con el sentido. De reconstruir un ecosistema comunicativo donde la estética no sustituya la verdad, sino la revele.
La lucidez frente al vértigo
El signo hipermediático seguirá seduciéndonos con su brillo inagotable. Pero tras ese resplandor hay una pregunta que no se extingue: ¿qué queda de lo humano cuando la vida entera se convierte en mercancía? Tal vez el reto no sea desconectarnos del flujo, sino aprender a fluir con conciencia, con lucidez y con memoria.
Porque en la era del exceso, la verdadera resistencia no consiste en apagar la pantalla, sino en mirar a través de ella.
Y quizás, en ese gesto mínimo, podamos volver a encontrarnos con el otro, con nosotros mismos, y con aquello que alguna vez llamamos mundo.




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