Cuando llegue la vejez: entre el agotamiento, el consumo y la trascendencia en la era de la inteligencia artificial
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Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
Hay una escena silenciosa, profundamente reveladora, que define a nuestra época: sujetos que han dedicado su vida entera a producir (bienes, capital, resultados, trayectorias) y que, al llegar al umbral de la vejez, se enfrentan a una pregunta que nunca formularon con suficiente radicalidad: ¿para qué vivieron? No es una cuestión menor. Es, en realidad, la grieta existencial más significativa del mundo contemporáneo. Algunos, ante ese abismo, deciden seguir produciendo, como si el movimiento perpetuo pudiera ocultar la ausencia de sentido. Otros, en cambio, se abandonan al descanso absoluto, como si la vida hubiera sido una carga que, por fin, puede soltarse. Y unos más, los menos, descubren en ese momento la posibilidad de contemplar, de narrar, de trascender.
La vejez, en este sentido, se ha convertido en un espejo incómodo. Refleja no sólo lo que fuimos, sino lo que evitamos ser. Y en una cultura profundamente atravesada por la lógica productivista, donde el valor del sujeto se mide en función de su rendimiento, la jubilación aparece como una anomalía: un tiempo sin función clara, sin utilidad económica inmediata, sin justificación sistémica. De ahí que muchos la vivan como una crisis, como una pérdida de identidad, como una suspensión del sentido.
Sin embargo, esta crisis no emerge en la vejez: se revela en ella. Es el resultado de una vida que no fue pensada narrativamente, sino instrumentalmente.
Como el jornalero que produce costales sin preguntarse jamás por su significado, el sujeto contemporáneo corre el riesgo de construir una existencia sin relato, sin coherencia, sin dirección trascendente. Y cuando el hacer cesa, lo que queda no es el vacío del tiempo, sino el vacío del sentido.
Lo paradójico es que este vacío no es una condición exclusiva de la vejez, sino el síntoma tardío de una cultura que ha reducido la existencia a su dimensión operativa. En este sentido, la vida contemporánea se asemeja a lo que describe como una existencia profundamente mediatizada, donde las prácticas, expectativas e identidades se configuran en entornos simbólicos que privilegian la visibilidad, la productividad y la validación constante. Si desde la juventud el sujeto aprende a existir en función de su rendimiento y su exposición, no resulta extraño que, al cesar estos dispositivos de validación, emerja una sensación de desfondamiento ontológico.
Las culturas ancestrales, en contraste, habían comprendido algo que hoy parece haberse extraviado: la vida no se mide por su capacidad de producir, sino por su capacidad de significar. El anciano no era un residuo del sistema, sino su archivo viviente. Como señalaba Clifford Geertz, la cultura es una “trama de significados” que el ser humano teje y en la que queda suspendido.
La vejez, en ese entramado, era el momento en que esa trama podía ser leída, interpretada y transmitida.
Hoy, sin embargo, esa función ha sido desplazada por una lógica distinta: la del consumo diferido. Se trabaja para consumir después. Se produce para disfrutar más tarde. Se posterga la vida bajo la promesa de una recompensa futura que, en muchos casos, llega cuando ya no se tienen las herramientas simbólicas para habitarla. Este fenómeno no es menor. Como advirtió Zygmunt Bauman, la modernidad líquida ha transformado al sujeto en un consumidor permanente, incluso de sí mismo.
La vejez, entonces, se convierte en el último gran mercado: el turismo de retiro, la industria del bienestar, la estetización del envejecimiento. Pero detrás de esta oferta aparentemente liberadora, se esconde una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando el consumo ya no logra ocultar la ausencia de sentido?
Aquí es donde la inteligencia artificial introduce una tensión inédita. Si durante siglos el trabajo fue el eje articulador de la identidad, hoy asistimos a su progresiva automatización. La IA no sólo optimiza procesos; redefine el lugar del ser humano en el mundo. Como señaló Hannah Arendt, la modernidad ya había comenzado a erosionar la distinción entre labor, trabajo y acción, subordinando la vida activa a la lógica de la productividad. La inteligencia artificial radicaliza este proceso al despojar al trabajo de su centralidad antropológica.
La pregunta, entonces, se vuelve ineludible: ¿qué queda del ser humano cuando ya no es necesario producir?
La respuesta no puede ser técnica. Es, en esencia, una cuestión ontológica. La IA no crea el vacío de sentido; lo evidencia. Al liberar tiempo, expone la incapacidad del sujeto contemporáneo para habitarlo. Hemos aprendido a optimizar, pero no a contemplar. A producir, pero no a narrar. A consumir, pero no a significar.
En este escenario, la vejez deja de ser un evento biológico para convertirse en una anticipación existencial. Todos, en algún sentido, estamos ya en la antesala de esa pregunta: ¿qué haremos con el tiempo que nos queda cuando ya no tengamos que hacer nada?
Algunos responderán con más actividad. Otros, con más consumo. Pero hay quienes comienzan a intuir otra posibilidad: la de reconfigurar la vida como una obra narrativa. No como una suma de logros, sino como un tejido de significados. No como una acumulación de experiencias, sino como una construcción de sentido.
Es aquí donde la metáfora del báculo adquiere una dimensión renovada. No como objeto, sino como dispositivo simbólico. Cada vida es una inscripción. Cada decisión, un trazo. Cada relación, una marca. La pregunta no es si dejaremos algo, sino qué tipo de relato estamos tallando en nuestro báculo.
La inteligencia artificial, lejos de sustituir esta tarea, la vuelve más urgente. En un mundo donde las máquinas pueden producir textos, imágenes, diagnósticos y decisiones, la singularidad humana no radica en la eficiencia, sino en la capacidad de otorgar sentido. Como sugiere Paul Ricoeur, la identidad humana es narrativa: nos comprendemos a nosotros mismos a través de las historias que contamos.
La vejez, en este marco, no es el final del relato, sino su momento hermenéutico. El instante en que la vida puede ser leída, reinterpretada, resignificada. Pero para que esto ocurra, es necesario haber vivido de manera narrativa desde el inicio.
De lo contrario, lo que emerge no es una historia, sino una secuencia de eventos desconectados. No una identidad, sino una acumulación de funciones. No una vida, sino una trayectoria productiva sin horizonte trascendente.
La crisis contemporánea no es, por tanto, una crisis de envejecimiento, sino una crisis de sentido. Y la inteligencia artificial, lejos de ser su causa, es su catalizador.
Quizá por ello, el verdadero desafío no sea prepararnos para el retiro, sino reaprender a vivir. A habitar el tiempo no como recurso, sino como experiencia. A comprender que la trascendencia no se encuentra al final, sino en la forma en que se teje cada instante.
Porque si algo revela la vejez es que el tiempo no se acumula: se transforma. Y en esa transformación, lo único que permanece no es lo que hicimos, sino lo que significó haberlo hecho.
La vejez, entonces, no es el problema. Es la revelación. Es el momento en el que la vida nos pide cuentas. No desde la culpa, sino desde la posibilidad. Desde la oportunidad de, incluso en ese umbral, seguir creando sentido, seguir narrando, seguir trascendiendo.
Ser eternamente joven no es detener el tiempo. Es permanecer en aquello que hemos sabido donar al mundo. Es estar presente en las historias que ayudamos a construir, en las vidas que tocamos, en los sentidos que sembramos.
Y quizá, al final, la pregunta no sea cómo queremos morir, ni siquiera cómo queremos retirarnos, sino cómo queremos ser recordados en la historia que ayudamos a tallar. Porque todos, de algún modo, estamos construyendo nuestro báculo. La cuestión es: ¿qué historia quedará inscrita en él?




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