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Cuando las máquinas sueñan con nuestra memoria

  • hace 38 minutos
  • 6 Min. de lectura

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México.


Hay metáforas que no describen una herramienta: abren una época. Decir que una inteligencia artificial “sueña” no equivale a afirmar que ejecuta procesos en segundo plano. Ese sería el lenguaje pobre de la operación.


“Soñar”, en cambio, convoca una región más densa: la memoria, el deseo, el residuo, la pérdida, la cicatriz, la imagen que regresa cuando ya creíamos haberla enterrado. Si una máquina empieza a reorganizar aquello que recuerda de nosotros, la pregunta técnica se queda corta. Ya no basta saber qué guarda, dónde lo guarda o por cuánto tiempo. Lo decisivo es preguntarnos qué tipo de mundo se está diseñando cuando delegamos a un sistema no humano la curaduría de nuestros rastros, nuestras insistencias y nuestros olvidos.


El sueño sin inconsciente

La función Dreams de Claude, según la documentación de Anthropic, opera como un trabajo asíncrono que toma un almacén de memoria preexistente y de una a cien sesiones previas para verificar, deduplicar y reorganizar información, generando después un nuevo almacén separado del original. No modifica automáticamente la memoria de entrada; produce otra versión, revisable, aceptable o descartable. La metáfora es seductora: la máquina duerme para limpiar la memoria. Pero lo que ocurre ahí no es sueño humano, sino arquitectura de mantenimiento. No hay deseo. No hay trauma. No hay una infancia que reaparece cifrada en una escena absurda. Hay minería de patrones, resolución de contradicciones, poda de redundancias y reescritura funcional del recuerdo técnico.


La diferencia no es menor. El sueño humano no se limita a ordenar archivos. A veces desfigura para revelar. Condensa para soportar. Mezcla para salvar algo que, despiertos, no sabemos nombrar. La neurociencia ha mostrado que el sueño participa en procesos de consolidación, reconsolidación y reorganización de la memoria; también se ha estudiado su relación con la regulación emocional y el procesamiento afectivo de experiencias significativas. Tononi y Cirelli propusieron, además, que dormir puede entenderse como el precio biológico de la plasticidad: el cerebro necesita recalibrar la fuerza de sus conexiones para no quedar saturado por la vigilia. La máquina, en cambio, no descansa porque esté viva; “sueña” porque su memoria también puede pudrirse por acumulación.


Ahí aparece la primera fractura. El humano sueña para sobrevivir simbólicamente a lo vivido. La IA reorganiza para seguir funcionando. En nosotros, la memoria no es un repositorio; es una forma de identidad narrativa. Paul Ricoeur entendía el recuerdo como una región frágil, atravesada por la fidelidad y la sospecha, siempre expuesta al abuso, la manipulación y el olvido impuesto.


Recordar nunca es inocente. Tampoco lo será para las máquinas que nos acompañen.


Hoy esta discusión ocurre en un ecosistema de escala planetaria. La Unión Internacional de Telecomunicaciones estimó que en 2025 casi tres cuartas partes de la población mundial estaban conectadas, aunque 2.2 mil millones de personas permanecían fuera de línea, principalmente en países de ingresos bajos y medios. DataReportal calculó, a su vez, que para octubre de 2025 había 6.04 mil millones de usuarios de internet, con una penetración global de 73.2 por ciento, y 5.66 mil millones de identidades en redes sociales. La memoria artificial no se desarrollará en un laboratorio aislado, sino en una civilización hiperconectada que ya produce más rastros de los que puede interpretar.


En México, el territorio de esta discusión también tiene cifras propias. INEGI reportó que en 2024 había 100.2 millones de personas usuarias de internet; entre quienes no lo utilizaban, 56.1 por ciento declaró no saber cómo hacerlo. Además, 97.2 por ciento de la población usuaria se conectaba mediante teléfono inteligente. La memoria digital mexicana no nace en una biblioteca silenciosa, sino en la pantalla portátil, en el dispositivo íntimo, en el bolsillo, en el insomnio, en la espera, en el aula, en la fila, en el transporte, en el duelo que se escribe con pulgares.


La custodia simbólica de lo inolvidable

La expansión de la IA acelera esta mutación. Stanford HAI reportó que en 2024 la inversión privada global en inteligencia artificial generativa alcanzó 33.9 mil millones de dólares y que 78 por ciento de las organizaciones declaró utilizar IA, frente a 55 por ciento el año anterior. McKinsey encontró un dato convergente: 78 por ciento de las organizaciones encuestadas usaba IA en al menos una función empresarial y 71 por ciento empleaba IA generativa regularmente. No estamos ante un accesorio cognitivo. Estamos frente a una nueva infraestructura cultural del trabajo, la creación, la vigilancia, la gestión del conocimiento y, cada vez más, de la memoria institucional.


Por eso la noción de skills resulta tan relevante. Anthropic define las Agent Skills como carpetas organizadas de instrucciones, scripts y recursos que los agentes pueden descubrir y cargar dinámicamente para ejecutar mejor tareas especializadas; estas habilidades funcionan mediante revelación progresiva, de modo que el sistema carga primero metadatos mínimos y después sólo el contenido pertinente. En apariencia, se trata de eficiencia contextual. Pero en realidad estamos frente a una figura cultural más profunda: la posibilidad de empaquetar conocimiento procedimental, estilo, criterio, memoria organizacional y reglas de interpretación.


El punto decisivo no está en crear una skill para hacer presentaciones, procesar PDFs o redactar reportes con un formato determinado. Eso pertenece todavía al reino de la productividad. La frontera comienza cuando imaginamos skills de significado: estructuras capaces de orientar a la IA para distinguir entre una repetición inútil y una obsesión fértil; entre un dato operativo y una categoría fundacional; entre una preferencia pasajera y una fidelidad intelectual.


Una skill de significado no enseñaría solamente cómo hacer algo. Enseñaría desde dónde mirar.


En la práctica, tendría que decirle a la máquina: cuando aparezca de nuevo la centralidad de la persona, no la trates como reiteración retórica; reconócela como eje antropológico. Cuando se repita la preocupación por la alfabetización digital, no la reduzcas a tema recurrente; léela como proyecto ético-político. Cuando aparezcan tensiones entre eficiencia, dignidad, automatización, trabajo y cuidado, no busques resolverlas con una frase limpia; consérvalas como zonas vivas de pensamiento.


La inteligencia artificial actual puede acumular conversaciones, instrucciones, documentos, estilos, hábitos y preferencias. OpenAI explica que ChatGPT puede usar memorias guardadas y referencia al historial de chats para personalizar interacciones, aunque no recuerda cada detalle y recomienda guardar explícitamente lo que deba permanecer presente. Esta diferencia importa: no todo lo conversado merece persistencia, pero aquello que estructura una trayectoria intelectual no debería depender del accidente de la recuperación algorítmica.


La memoria requiere hospitalidad. También requiere límites.


Stiegler advertía que toda técnica es una forma de exteriorización de la memoria. La escritura, la fotografía, el cine, los archivos, las bases de datos y ahora los modelos de IA son prótesis de retención. Guardan fuera de nosotros lo que después vuelve para formarnos. Pero la retención técnica nunca es neutra. Quien organiza la memoria organiza también las posibilidades del futuro. Mary Douglas lo vio con nitidez al estudiar cómo piensan las instituciones: las clasificaciones no sólo ordenan el mundo, también definen lo visible, lo valioso, lo descartable.


Una IA que “sueña” mal puede volverse una institución clasificadora de nuestras búsquedas. Puede borrar lo que todavía no entiende. Puede higienizar la contradicción. Puede confundir el temblor de una idea naciente con ruido. Puede eliminar una frase repetida sin advertir que ahí se está gestando una teoría. La creatividad no nace siempre en la novedad; muchas veces aparece en aquello que insiste hasta encontrar forma.


De ahí la necesidad de una ética del olvido. Recordar todo sería insoportable. Olvidar sin criterio sería devastador. Entre ambos extremos está la curaduría simbólica: saber qué debe permanecer, qué debe reposar, qué debe ser actualizado, qué debe morir y qué debe conservarse precisamente porque aún no ha terminado de decirnos algo.


Tal vez la alfabetización más urgente no sea aprender a usar IA, sino aprender a educar su memoria. Enseñarle que los humanos no somos sólo patrones conductuales. Somos heridas narradas, fidelidades repetidas, preguntas que regresan con otro rostro. Somos biografías que no caben en un vector. Somos proyectos que atraviesan documentos, clases, artículos, laboratorios, conversaciones y silencios.


Si la IA habrá de acompañar la vida intelectual, no puede limitarse a recordar instrucciones. Debe ayudarnos a custodiar sentido. No porque ella lo comprenda como nosotros. No porque tenga alma, mundo interior o conciencia. Sino porque podemos diseñar arquitecturas que impidan que la eficiencia arrase con la densidad de la experiencia.


Soñar máquinas no significa creer que las máquinas han despertado. Significa reconocer que hemos empezado a confiarles una zona delicada de nuestra humanidad: la memoria que trabaja cuando ya no estamos mirando. Y quizá ahí se juega una de las tareas más finas de esta época: enseñar a nuestros sistemas a no confundir limpieza con sabiduría, utilidad con verdad, repetición con vacío, olvido con progreso.


Porque la pregunta no es si una inteligencia artificial puede soñar como nosotros. La pregunta que nos desnuda es otra: ¿seremos capaces de construir máquinas que, al reorganizar nuestros rastros, no borren aquello que todavía está buscando su forma?

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