IA y Sociedad

Panóptico parental: Cuando la Sobreprotección Digital Sabotea la Educación

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac MéxicoVivimos en una época en la que la omnipresencia de la tecnología ha disue

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Panóptico parental: Cuando la Sobreprotección Digital Sabotea la Educación

Panóptico parental: Cuando la Sobreprotección Digital Sabotea la Educación

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México

Vivimos en una época en la que la omnipresencia de la tecnología ha disuelto las fronteras entre el hogar y la escuela, entre lo privado y lo público, entre la crianza y el control. Lo que debería ser un espacio de aprendizaje se ha convertido —para muchos estudiantes— en una extensión del salón de vigilancia parental. Y el problema no son los niños: son los adultos que no saben desconectarse.

Un reciente reportaje de Futurism expone un fenómeno tan absurdo como preocupante: padres que monitorizan a sus hijos en clase en tiempo real, vía smartwatch o celular, enviando mensajes constantes como “te extraño” o “no puedo esperar a verte”. No es una parodia de Black Mirror. Es el presente escolar de muchas instituciones en Estados Unidos —y, sí, cada vez más en América Latina.

El Aula ya no es un Refugio, sino una Torre de Vigilancia

Liz Schulman, docente y experta en política educativa, lo señala con claridad: el aula debería ser un espacio libre de vigilancia, donde el estudiante pueda explorar, equivocarse y construir sin sentirse observado. Pero ¿cómo hacerlo cuando mamá y papá están pendientes del smartwatch como si fueran controladores aéreos del alma infantil?

No se trata solo de una intromisión emocional, sino de una erosión profunda de la autonomía, del desarrollo de la confianza en uno mismo y de la capacidad de resolver problemas sin una línea directa con casa.

La Ilusión del Cuidado: Controlar No es Acompañar

La paradoja es brutal: mientras los estudiantes se adaptan bien a las políticas escolares que limitan o bloquean los dispositivos durante las clases —mejorando atención, comunicación y desempeño—, los padres entran en pánico ante la idea de perder contacto por unas horas.

La pregunta que flota es incómoda: ¿es por los hijos, o es por ellos? Como lo dijo la gobernadora de Nueva York, Kathy Hochul: “Eso es una necesidad de los padres, no de los estudiantes.”

De la Educación al Panóptico Doméstico

Este fenómeno merece una reflexión más amplia sobre el modelo de crianza que estamos construyendo. Inspirado en el panóptico de Bentham y Foucault, el panopticon parenting convierte al niño en un sujeto constantemente visible, evaluado, corregido. Es la pedagogía del GPS emocional: sabemos dónde está el cuerpo, pero no confiamos en dónde está la voluntad.

El problema es que vigilar no educa. Vigilar inhibe. La autonomía requiere confianza. Y la confianza solo puede existir si permitimos al otro equivocarse sin que nuestra voz se entrometa cada cinco minutos.

¿Qué Perdemos Como Sociedad?

Cuando los padres exigen acceso constante al aula mediante la tecnología, no solo están anulando la experiencia educativa del estudiante. Están reconfigurando la relación entre educación, libertad y responsabilidad.

La educación exige pausa. Requiere zonas libres de notificación. Momentos de duda sin interrupción. Pero el aula, si colonizada por el miedo parental, se convierte en un teatro de obediencia sin pensamiento.

Un Llamado a la Valentía del Desapego

No se trata de eliminar la tecnología, sino de reeducarnos como adultos para usarla con sentido.

No se trata de cortar el vínculo, sino de transformarlo: de la dependencia al respeto.

Porque cada mensaje que dice “¿Dónde estás?”, “¿Todo bien?”, “Te amo” durante una clase, es también una forma de decir “No confío en ti.”

Y la confianza, a diferencia de las notificaciones, no vibra en la muñeca. Se construye a largo plazo. En silencio. Con límites.

El aula no necesita más pantallas. Necesita más presencia real y menos vigilancia digital.

Y la crianza del siglo XXI no será saludable si no aprendemos a soltar un poco el control y, en cambio, reforzamos la fe en la capacidad de nuestros hijos para habitar el mundo sin que estemos mirando cada paso por una pantalla.

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