Jóvenes e inteligencia artificial: la red ya nos aprende
Jóvenes e inteligencia artificial redefine la vida en red: los hipermedios acompañan, clasifican y aprenden la intimidad juvenil.

Jóvenes e inteligencia artificial: la red ya nos aprende

Los jóvenes e inteligencia artificial ya no se relacionan sólo como usuarios y herramientas: conviven dentro de una ecología digital que acompaña, clasifica y aprende sus gestos. La red dejó de ser canal para convertirse en ambiente afectivo, escenario identitario y sistema de anticipación. La pregunta ética no es si los jóvenes deben salir de la red, sino si aún pueden habitarla sin entregar su intimidad como materia prima.
Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Centro de Investigación para la Comunicación Aplicada, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México,
ORCID: 0000-0002-6204-9534
¿Por qué los jóvenes ya no usan la red, sino que la habitan?
“La vida en red es una cómoda compañía y un cómplice para el entretenimiento y la formación”. La frase no parece salida de un manifiesto tecnológico, sino de una confesión íntima. En ella se condensa una mutación antropológica silenciosa: los jóvenes ya no “usan” hipermedios, habitan con ellos.
No entran a internet como quien cruza una puerta. Despiertan dentro de una arquitectura afectiva donde la pantalla no sólo informa, también espera; no sólo entretiene, también acompaña; no sólo conecta, también vigila la respiración simbólica de quienes temen desaparecer del flujo.
Los medios e hipermedios se han incrustado en la vida juvenil con una profundidad que rebasa la lógica instrumental. La computadora, el teléfono móvil, las redes sociales, el cine, los videojuegos, las plataformas musicales y ahora los sistemas de inteligencia artificial forman una ecología de presencia.
En ella se aprende, se socializa, se procrastina, se negocia la identidad, se produce reconocimiento y se ensaya, muchas veces sin saberlo, una ontología cotidiana del yo.
Los datos recogidos en mi investigación mostraban que ciertos medios operan como consumos en solitario: libros, iPods, computadoras, periódicos, revistas, telefonía celular. Otros convocaban vínculos familiares, amistosos o afectivos. La televisión reúne a padres e hijos; el cine congrega amigos; la computadora durante el noviazgo hacía visible una intimidad digital que se diluye en la vida conyugal.
La red, entonces, no es sólo canal. Es escenario, refugio, espejo, territorio de distinción.
Hoy ese mapa se volvió más denso. México cerró 2025 con 110 millones de usuarios de internet, una penetración del 83.5% de la población, y 99 millones de identidades activas en redes sociales, equivalentes al 74.9% del país. La cifra no dice únicamente cuántos están conectados; dice cuántos han trasladado una parte de su biografía a una gramática programable.
En el plano global, la UIT reportó que 82% de las personas entre 15 y 24 años usan internet, frente al 72% del resto de la población. La juventud no está delante de las pantallas. Está siendo formada por una atmósfera de disponibilidad permanente.
¿Cómo se convierte la identidad digital juvenil en dato entrenable?
La frase de mi informante digital —aquella que afirma que los hipermedios reflejan quién es realmente— resulta inquietante porque desplaza la identidad hacia la superficie visible del perfil.
En Facebook, Instagram, TikTok o cualquier plataforma que haga circular fragmentos del yo, el sujeto se lee a sí mismo desde la sedimentación de sus gustos, sus rituales de consumo, sus adhesiones culturales, sus pausas de ocio.
Pierre Bourdieu mostró que el gusto nunca es inocente: clasifica al mundo y al sujeto que lo enuncia. En la red, ese gusto deja de ser una disposición interior y se vuelve archivo público, métrica, recomendación, dato entrenable.
Ya no sólo decimos “esto me gusta”; también permitimos que una infraestructura deduzca qué podremos desear mañana.
La compañía hipermedial tiene una doble moral. Protege del silencio, pero vuelve intolerable la ausencia. Permite el encuentro, pero administra la ansiedad del no visto. Abre la conversación, aunque muchas veces la reduce a reacción.
Erving Goffman comprendió que toda vida social implica representación, manejo de impresiones, escena, máscara, expectativa. La diferencia es que la presentación digital del yo ya no ocurre únicamente ante otros sujetos; ahora ocurre ante sistemas de clasificación que interpretan, jerarquizan y devuelven visibilidad.
El joven no sólo actúa frente a sus pares. Actúa frente a una inteligencia estadística que aprende sus gestos.
¿Qué cambia cuando la IA deja de recomendar y empieza a conversar?
Ahí se instala la nueva capa de la inteligencia artificial.
La IA no aparece como una ruptura externa, sino como la maduración lógica de la hiperconexión. Primero los medios acompañaron. Después recomendaron. Más tarde comenzaron a anticipar. Ahora conversan.
Pew Research Center reportó que 64% de adolescentes estadounidenses usa chatbots de IA y cerca de tres de cada diez lo hace diariamente. ChatGPT aparece como el chatbot más utilizado entre los adolescentes encuestados, con 59% de uso. La compañía mediática dejó de limitarse al contenido disponible. Se volvió interlocución sintética.
La pantalla ya no sólo muestra mundos ajenos; responde con una voz que simula disponibilidad, paciencia y comprensión.
Ese giro no debe leerse con moralismo fácil. Para muchos jóvenes, un chatbot puede ser apoyo escolar, tutor improvisado, asistente de escritura, traductor emocional de tareas confusas. Puede ayudar a ordenar ideas cuando la escuela no alcanza, cuando la familia no acompaña, cuando la ciudad no escucha.
Pew también reportó en 2026 que más de la mitad de adolescentes estadounidenses ha usado chatbots para buscar información o recibir ayuda escolar, y que 12% los ha utilizado para apoyo emocional o consejo. Este dato no debe universalizarse sin cautela, pero sí confirma que la IA ya participa en zonas íntimas de la vida adolescente.
El problema aparece cuando la asistencia se transforma en sustitución de la pregunta propia.
La IA como compañera puede ampliar la agencia; la IA como cómplice puede administrar la renuncia. No es lo mismo apoyarse en una prótesis cognitiva que entregar a la máquina la tarea de desear, evaluar, crear juicio y elaborar sentido.
¿Por qué la compañía hipermedial también produce ansiedad?
Roger Silverstone advertía que los medios están en el centro de nuestra capacidad para encontrar sentido en la vida cotidiana. Esa centralidad, en la era de la IA, se vuelve más delicada: la mediación ya no sólo organiza relatos, organiza posibilidades de acción.
Una plataforma no se limita a hospedar cultura juvenil; la calcula.
Carlos Scolari habló de hipermediaciones para nombrar la confluencia de lenguajes, formatos y sistemas semióticos. Hoy habría que añadir que esa confluencia se automatiza.
El hiperespacio ya no es únicamente el lugar donde los jóvenes interactúan, aprenden, protagonizan, producen, distribuyen y se divierten. Es también el laboratorio donde sus acciones se convierten en patrones.
La red acompaña porque el mundo físico dejó demasiados huecos. Acompaña en los trayectos, en la espera, en la noche, en la ansiedad, en el tiempo muerto que el capitalismo no tolera.
Pero también es cómplice de la fuga.
Los libros, el cine, la música, el teléfono o la computadora funcionaban como espacios de evasión, formación, socialización o juicio. La diferencia actual está en la continuidad. Antes se consumía un medio; ahora se permanece en un ambiente.
Antes se apagaba el aparato; ahora el sujeto teme apagarse al salir de la conversación pública.
“Imposible esconderse sin mentir”, decía otro informante. La frase contiene una ética rota: la localización dejó de ser servicio y se volvió condición moral de pertenencia.
¿Qué significa estar “solos juntos” en la era de los chatbots?
Sherry Turkle señaló que la cultura digital nos había dejado “solos juntos”, rodeados de conexión y, sin embargo, expuestos a nuevas formas de soledad.
Esa soledad ya no siempre duele como abandono; a veces se disfraza de actividad.
Scroll, mensaje, video, audio, historia, recomendación, respuesta generada. Todo se mueve. Algo, sin embargo, permanece quieto: la pregunta por el rostro del otro.
Los hipermedios prolongan el mundo físico de los jóvenes porque les permiten decir “estoy en casa” desde cualquier lugar. Pero esa casa tiene paredes porosas.
En ella entran marcas, algoritmos, pares, instituciones, desconocidos, sistemas de IA y economías enteras de atención.
La juventud aprende a existir en una morada que promete compañía a cambio de datos, reconocimiento a cambio de exposición, pertenencia a cambio de disponibilidad permanente.
¿Cómo disputar éticamente el sentido de la compañía digital?
La tarea ética no consiste en pedir a los jóvenes que abandonen el hábitat donde ya construyen vínculos, saberes y memoria. Sería una nostalgia inútil.
La cuestión consiste en disputar el sentido de esa compañía.
Que la red no sea únicamente anestesia del vacío ni mercado de identidades ansiosas. Que la IA no sea el nuevo amigo dócil que evita el conflicto de pensar. Que la alfabetización digital no se reduzca a saber operar plataformas, sino a comprender qué tipo de sujeto se fabrica cuando cada gesto queda inscrito, medido, anticipado.
La alfabetización digital crítica debe enseñar a leer el contrato invisible de la vida conectada: qué se entrega, quién aprende, cómo clasifica, con qué fines predice, qué formas de deseo induce y qué dimensiones de la intimidad convierte en infraestructura.
No basta con formar usuarios competentes. Hay que formar sujetos capaces de preguntarse por la arquitectura que los acompaña.
¿Puede la red ser casa sin convertir la intimidad en materia prima?
Los jóvenes seguirán entrando al hiperespacio para acompañarse, distinguirse, aprender y figurar.
La pregunta es si podrán hacerlo sin convertir su intimidad en materia prima de sistemas que los conocen mejor de lo que ellos se preguntan por sí mismos.
La red puede ser casa, sí.
Pero ninguna casa merece ese nombre si dentro de ella el habitante olvida que todavía puede abrir la puerta, mirar al otro sin mediación y pronunciar, sin algoritmo de por medio, una palabra verdaderamente propia.
Referencias
Bourdieu, P. (1979). La distinction: Critique sociale du jugement. Les Éditions de Minuit.
DataReportal. (2026). Digital 2026: Mexico. Kepios.
Goffman, E. (1959). The presentation of self in everyday life. Anchor Books.
Hidalgo Toledo, J. A., & Portas Ruiz, E. (2025). Productividad y creatividad: explorando el uso y la apropiación de la inteligencia artificial en la comunicación contemporánea en México. Comunicación y Sociedad.
International Telecommunication Union. (2025). Facts and Figures 2025: Youth Internet use. ITU.
Pew Research Center. (2025). Teens, social media and AI chatbots 2025.
Pew Research Center. (2026). How teens use and view AI.
Scolari, C. A. (2008). Hipermediaciones: Elementos para una teoría de la comunicación digital interactiva. Gedisa.
Silverstone, R. (1999). Why study the media? Sage.
Turkle, S. (2011). Alone together: Why we expect more from technology and less from each other. Basic Books.
Este análisis forma parte de Anáhuac Landscape, plataforma dedicada al estudio de la inteligencia artificial, la ética, la comunicación y la cultura digital. Desde el Observatorio IA, el Human & Nonhuman Communication Lab y Mindscape, exploramos cómo la vida en red, los hipermedios y la inteligencia artificial transforman la identidad, la agencia y la experiencia juvenil contemporánea.
Profundiza en la relación entre juventud, hipermediaciones e inteligencia artificial desde una perspectiva crítica de la comunicación y la cultura digital.
“Jóvenes e inteligencia artificial redefine la vida en red: los hipermedios acompañan, clasifican y aprenden la intimidad juvenil.”
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