El metaverso como morada del duelo: avatares en vigilia frente a la muerte
Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac MéxicoLa arquitectura invisible del consueloNo hay templo más extraño ni más ne

El metaverso como morada del duelo: avatares en vigilia frente a la muerte

Por: Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México
La arquitectura invisible del consuelo
No hay templo más extraño ni más necesario que aquel donde la muerte deja de ser tabú para convertirse en relato compartido. Hoy, ese templo se ha construido en el metaverso. Frente a un altar digital —una réplica de un templo tibetano, rodeado por imágenes rotativas de cementerios reales— avatares de rostros amables, irreverentes o sencillos, se sientan en círculo y pronuncian lo impronunciable: “mi esposo va a morir”, “no pude despedirme de mi abuela”, “quise morir y no pude”.
La escena no es distópica, es profundamente humana. Lo que presenciamos en espacios como “Death Q&A” y “Saying Goodbye” es la fundación de una nueva comunidad simbólica, sustentada no en la presencia corpórea sino en la resonancia emocional. Es, como lo afirmaba Lévi-Strauss, una forma más de estructurar lo inasible: el duelo, la ausencia, el miedo.
Cuerpos ausentes, presencias radicales
Claire Matte, una mujer de 62 años, convirtió su dolor en una narrativa compartida. Mientras cuidaba a su esposo moribundo, encontró en la realidad virtual algo más que entretenimiento: encontró oído. Su historia no fue solo contada, fue escuchada. El headset que usaba no era solo un dispositivo, era una prótesis del alma.
¿Podemos llorar juntos sin vernos? ¿Puede el consuelo ser mediado? Roland Barthes ya lo había advertido: “El duelo es un lenguaje que no busca respuesta”. En estos espacios, nadie intenta consolar en términos tradicionales. No hay consejos ni recetas. Solo hay escucha. Una escucha profunda, radical, acompañada por una intimidad no interferida por los roles sociales, el juicio estético o el peso del cuerpo.
La premisa del panóptico emocional de Zygmunt Bauman cobra aquí una dimensión inversa. Si bien la vigilancia ha sido una constante en el análisis de la tecnología, el metaverso del duelo propone lo contrario: un refugio donde el ojo social es reemplazado por una empatía sin rostro. Avatares de colores, de formas cómicas o solemnes, comparten lo que en la vida física muchas veces se reprime: el dolor, la fragilidad, la confesión.
Espacios liminales: del rito físico al ritual digital
El antropólogo Victor Turner conceptualizó los “espacios liminales” como aquellos donde las jerarquías se suspenden y lo humano se reconfigura. Eso ocurre en estos rituales de duelo virtual. Allí, la muerte deja de ser un evento íntimo e intransferible para volverse conversación colectiva. No hay velas reales ni ataúdes. Pero sí hay memoria. Y sí hay comunidad.
La pandemia, con su ola de “duelos congelados”, como los ha llamado Elena Lister, desató una emergencia simbólica: no sabíamos cómo despedirnos. Las pantallas sustituyeron abrazos. El headset, en cambio, permite no solo ver, sino estar, aunque sea de modo simbólico, en el mismo lugar que otros dolientes. Y como bien lo señala Matte: “Todo lo que tuve que hacer fue ponerme el visor”.
Tecnología y compasión: un nuevo paradigma
La alianza entre EvolVR y la startup TRIPP, respaldada por gigantes como Amazon, no es anecdótica. Es una señal de que el duelo, la espiritualidad y la salud emocional ya no serán asuntos marginales en el diseño de tecnologías. Si el primer internet fue informativo y el segundo comercial, el metaverso apunta a ser existencial.
¿Pero es suficiente? ¿Podemos confiar en que una comunidad de avatares contenga a quien quiere morir? ¿Qué herramientas éticas, médicas y afectivas deben repensarse cuando el sufrimiento ya no llega al consultorio, sino al templo tibetano virtual?
El riesgo está presente. Como bien apunta Lister, la invisibilidad del cuerpo implica también la invisibilidad del peligro. Pero también lo está la oportunidad: ofrecer compañía sin condiciones, memoria sin geografías, duelo sin censura. Eso es lo que, paradójicamente, puede hacer más humana a la tecnología.
¿Qué sigue cuando el avatar apaga su luz?
Quizá esta sea la pregunta más profunda: ¿qué queda cuando termina la sesión y el visor se apaga? Queda el eco. Queda la certeza de que no estamos solos. Queda, sobre todo, la posibilidad de que la muerte, al ser compartida, deje de ser tan definitiva. Porque como dijo Albert Camus, “la verdadera generosidad con el porvenir consiste en entregarlo todo al presente”.
Y eso hacen cada martes los avatares del dolor: se entregan, se desnudan simbólicamente, se acompañan. No para resolver el duelo, sino para transformarlo. No para conjurar la muerte, sino para reconciliarse con su sombra.
Y al final, en medio del templo digital, lo que se escucha no es el silencio de lo virtual. Es el murmullo de lo humano.
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