IA y Sociedad

El mercado de las emociones: Extractivismo psicoemocional, vigilancia laboral y dignidad humana en la era de la inteligencia artificial

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac MéxicoHay una nueva frontera del despojo. Ya no se trata solamente de capturar nuest

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El mercado de las emociones: Extractivismo psicoemocional, vigilancia laboral y dignidad humana en la era de la inteligencia artificial

El mercado de las emociones: Extractivismo psicoemocional, vigilancia laboral y dignidad humana en la era de la inteligencia artificial

Dr. Jorge Alberto Hidalgo Toledo, Human & Nonhuman Communication Lab, Facultad de Comunicación, Universidad Anáhuac México

Hay una nueva frontera del despojo. Ya no se trata solamente de capturar nuestros datos de navegación, nuestros hábitos de consumo, nuestras rutas, nuestros clics, nuestras compras, nuestras conversaciones o esa sombra estadística que dejamos al pasar por una pantalla. Ahora el mercado ha puesto los ojos sobre aquello que durante siglos consideramos el último refugio de la intimidad: la vida emocional. La alegría, el enojo, la frustración, el cansancio, la duda, el entusiasmo, el miedo y la incomodidad empiezan a ser tratados como señales computables, como recursos explotables, como materia prima para alimentar sistemas de predicción, control, productividad y monetización. Si el capitalismo industrial extrajo minerales de la tierra, el capitalismo algorítmico pretende extraer estados interiores del sujeto. Ya no basta con saber qué hacemos. Ahora se busca saber qué sentimos mientras lo hacemos.

La escena ya no pertenece a la ciencia ficción ni a la imaginación paranoica del tecnopesimismo. The Atlantic documentó recientemente cómo la emotion AI empieza a desplazarse hacia el trabajo de oficina: integraciones capaces de monitorear mensajes laborales por “sentiment and toxicity”, extensiones que rastrean atención, entusiasmo o positividad en reuniones, sistemas que prometen evaluar compromiso emocional en entrevistas y herramientas de análisis afectivo para encuestas internas. Tech Brew sintetizó el fenómeno con crudeza: la vigilancia laboral está recibiendo una “actualización emocional”, desde aplicaciones que analizan reuniones en tiempo real hasta soluciones que juzgan tono, expresividad y disposición del trabajador

Lo que antes llamábamos bossware medía tiempos de conexión, pulsaciones del teclado, uso de aplicaciones, velocidad de respuesta o permanencia frente a la pantalla. Ahora se añade una capa más invasiva: la interpretación de la interioridad. El trabajador ya no solo debe cumplir. Debe parecer motivado. Debe sonar cooperativo. Debe gesticular adecuadamente. Debe sonreír lo suficiente, pero no demasiado. Debe modular su frustración para no convertirse en dato negativo. En el viejo taylorismo, el cuerpo era cronometrado; en el nuevo taylorismo afectivo, el rostro, la voz y el ánimo son convertidos en superficie administrativa.

No estamos ante un mero cambio técnico. Estamos ante una mutación antropológica de la organización. Arlie Russell Hochschild mostró en su texto: The managed heart: Commercialization of human feeling, que el trabajo emocional no es una metáfora blanda, sino una forma concreta de extracción: la empresa no solo compra tiempo y habilidades, también exige administración del gesto, modulación del tono y producción de cordialidad. La emotion AI radicaliza esa intuición: convierte el esfuerzo afectivo en métrica, transforma el clima interior en índice de rendimiento y desplaza la evaluación humana hacia una máquina que no entiende la fragilidad del cansancio, la densidad del duelo, la ironía, el silencio, la timidez, la neurodivergencia ni el temblor íntimo de quien apenas logra sostenerse de pie.

Aquí aparece una de las falacias más peligrosas del discurso tecnológico contemporáneo: justificar la vigilancia emocional en nombre del bienestar. Se dirá que estas herramientas permiten detectar agotamiento, mejorar el ambiente laboral, prevenir conflictos, personalizar la educación, identificar frustración en los estudiantes, comprender mejor a los equipos, optimizar la experiencia del cliente o fortalecer la cultura organizacional. Todo ello puede sonar noble. Pero una finalidad benéfica no convierte automáticamente en legítima una práctica invasiva. La dignidad humana no puede quedar subordinada a la promesa de eficiencia.

Además, la base científica de muchas tecnologías de reconocimiento emocional sigue siendo profundamente discutible. Lisa Feldman Barrett y sus colegas revisaron el supuesto de que las emociones puedan inferirse confiablemente a partir de movimientos faciales universales, señalando los límites de esa lectura descontextualizada del gesto. El problema es doble: se invade una dimensión sensible de la persona y, además, esa invasión puede estar fundada en inferencias frágiles, sesgadas o culturalmente reduccionistas.

Una persona concentrada puede ser leída como hostil. Una persona neurodivergente puede ser clasificada como poco colaborativa. Un estudiante tímido puede ser etiquetado como desmotivado. Un trabajador agotado por condiciones estructurales puede aparecer como emocionalmente inadecuado. El algoritmo no solo registra; traduce. Y al traducir, produce consecuencias.

La economía lo sabe. El mercado global de emotion AI fue estimado en 2.9 mil millones de dólares en 2024 y se proyecta con una tasa anual compuesta de 21.7% entre 2025 y 2034, según Global Market Insights. Otro informe calcula que pasará de 2.74 mil millones de dólares en 2024 a 9.01 mil millones en 2030, impulsado por marketing emocional, trabajo remoto, IoT, wearables, atención al cliente, educación, salud mental y recursos humanos.

No es casual. Una civilización conectada produce una enorme cantera afectiva. La Unión Internacional de Telecomunicaciones estimó que en 2025 había 6 mil millones de personas conectadas a internet, cerca de tres cuartas partes de la población mundial, mientras 2.2 mil millones seguían fuera de línea. También señaló que las brechas de calidad, asequibilidad y habilidades siguen marcando la posibilidad real de beneficiarse de tecnologías como la inteligencia artificial. La paradoja es brutal: mientras unos son excluidos del acceso, otros son hiperexpuestos hasta el punto de volverse transparentes para el mercado.

Michel Foucault entendió que la vigilancia moderna no consistía únicamente en mirar, sino en producir sujetos que se comportan como si siempre estuvieran siendo observados. El panóptico no era una torre; era una pedagogía del alma disciplinada. Hoy la torre se ha vuelto interfaz. Habita la videollamada, el correo, el chat corporativo, el dashboard de productividad, el asistente de IA, el sistema de recursos humanos, el algoritmo de reclutamiento. El trabajador se mira a sí mismo como posible dato. Corrige su rostro antes de hablar. Ajusta el tono antes de responder. Aprende a performar entusiasmo ante una máquina que quizá no siente nada, pero califica mucho.

La OCDE define la gestión algorítmica como el uso de software para automatizar o apoyar tareas gerenciales, incluyendo instrucción, monitoreo y evaluación de trabajadores. En su estudio sobre gestión algorítmica, reportó que estas herramientas ya son comunes en varios países analizados y que los directivos perciben beneficios, pero también preocupaciones sobre rendición de cuentas, opacidad de la lógica de los sistemas y protección insuficiente de la salud de los trabajadores. En otro reporte de diciembre de 2025, la OCDE señaló que en Estados Unidos 90% de los gerentes encuestados dijo que sus empresas habían adoptado al menos una herramienta para instruir, monitorear o evaluar trabajadores.

La pregunta decisiva no es si esas herramientas aumentan la productividad. Esa pregunta, colocada al inicio, ya revela la pobreza moral del debate. La pregunta primera es quién autorizó la entrada del algoritmo al espacio íntimo de la persona. Y más aún: puede hablarse de consentimiento libre cuando el sujeto se encuentra en una relación estructural de dependencia, como ocurre en el trabajo, en la escuela o en cualquier institución donde existe asimetría de poder.

La Unión Europea ya leyó esa asimetría. Las guías del AI Act prohíben el uso de sistemas de reconocimiento emocional en espacios laborales y educativos, salvo excepciones médicas o de seguridad. Incluso ejemplifican que una institución educativa no puede usar un sistema de reconocimiento emocional para inferir interés o atención de estudiantes, ni emplearlo sobre docentes y alumnos cuando el contexto es educativo o laboral.

Reuters reportó que los empleadores no podrán usar cámaras web o reconocimiento de voz para rastrear emociones del personal bajo estos lineamientos, con sanciones que pueden llegar hasta 7% de la facturación global en caso de infracciones graves.

México no parte de cero. La Ley Federal de Protección de Datos Personales en Posesión de los Particulares reconoce principios como licitud, finalidad, lealtad, consentimiento, calidad, proporcionalidad, información y responsabilidad en el tratamiento de datos personales. Pero el horizonte que se abre exige una categoría más precisa: datos psicoemocionales inferidos. No basta proteger el dato que una persona entrega voluntariamente; hay que proteger también aquello que una máquina pretende deducir sobre su mundo interior.

El dato emocional debe ser tratado como dato hipersensible. No porque siempre revele con precisión lo que una persona siente, sino porque pretende intervenir sobre la interpretación de su interioridad. Su riesgo no depende únicamente de su exactitud. También depende de su capacidad para producir decisiones, clasificaciones, sospechas, recompensas, castigos o exclusiones. Una inferencia emocional falsa puede ser tan dañina como una verdadera cuando se convierte en criterio de evaluación.

Karl Polanyi advirtió que una sociedad se desgarra cuando convierte en mercancía aquello que no fue producido para venderse: la tierra, el trabajo, la vida. La emoción pertenece a esa zona. No nace como activo financiero. No aparece en el sujeto para alimentar modelos predictivos. No existe para ser optimizada en un tablero corporativo. La emoción es una forma de conocimiento encarnado, una alarma ética, una memoria corporal, una señal de vínculo, una respuesta ante la vulnerabilidad propia y ajena.

Convertirla en mercancía no es innovación: es empobrecimiento ontológico.

La respuesta no puede reducirse a avisos de privacidad redactados en lenguaje ilegible ni a casillas de aceptación impuestas al inicio de una relación laboral o educativa. Se requiere un marco de gobernanza en tres capas: regulación estatal que prohíba o restrinja severamente el reconocimiento emocional en contextos de poder asimétrico; autorregulación empresarial con auditorías externas, evaluación de impacto algorítmico, minimización de datos y prohibición de decisiones automatizadas basadas en emociones inferidas; y corregulación social con sindicatos, universidades, colegios profesionales, organismos de derechos humanos, familias, estudiantes y ciudadanía deliberando sobre límites no negociables.

También necesitamos nuevas alfabetizaciones. No solo alfabetización digital, mediática o algorítmica. Necesitamos alfabetización afectiva de datos: comprender cómo nuestras emociones pueden ser capturadas, inferidas, procesadas, monetizadas y devueltas como dispositivos de control. Necesitamos enseñar a distinguir cuidado de vigilancia, acompañamiento de extracción, escucha de monitoreo, personalización de manipulación. Porque una institución puede hablar de bienestar mientras instala la infraestructura simbólica del sometimiento.

El mercado de las emociones nos coloca ante una pregunta decisiva: queremos organizaciones capaces de cuidar a las personas o instituciones capaces de administrarlas emocionalmente. No es lo mismo acompañar el sufrimiento que convertirlo en métrica. No es lo mismo escuchar a un estudiante que perfilar su frustración. No es lo mismo mejorar el ambiente laboral que vigilar el rostro de quien trabaja. No es lo mismo humanizar la tecnología que tecnologizar la intimidad humana hasta vaciarla de misterio.

El futuro digno de la inteligencia artificial no dependerá únicamente de modelos más potentes, interfaces más empáticas o sistemas más precisos. Dependerá de nuestra capacidad colectiva para decir que hay territorios de la persona que no deben ser colonizados. La emoción puede compartirse, educarse, expresarse, acompañarse y comprenderse. Pero no debe ser extraída sin justicia, procesada sin transparencia ni utilizada para disciplinar la vida interior.

Si el siglo XX nos enseñó a defender el cuerpo frente a la explotación industrial, el siglo XXI tendrá que enseñarnos a defender la interioridad frente a la explotación algorítmica. Porque cuando una sociedad permite que el mercado convierta la emoción en mercancía, no solo pierde privacidad. Pierde el derecho a llorar sin ser clasificada, a callar sin ser sospechosa, a cansarse sin ser penalizada, a sentir sin pedir permiso. Y quizá ahí, en ese último umbral, empiece la tarea ética de nuestro tiempo: impedir que la inteligencia artificial aprenda a leer el alma antes de que nosotros hayamos aprendido a protegerla.

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