Más allá de los hábitos: una lectura longitudinal de la nutrición infantil en México
- hace 7 minutos
- 5 Min. de lectura

Genny Elizabeth Góngora Cuevas
Universidad Anáhuac México
Durante décadas, el debate público sobre la obesidad infantil en México ha girado en torno a una explicación aparentemente sencilla: malos hábitos alimentarios y sedentarismo. Bajo esta narrativa, el problema se formula como una suma de decisiones individuales —qué comen los niños, cuánto se mueven— y la solución se reduce, casi de forma automática, a campañas educativas, recomendaciones dietéticas o exhortos al cambio de conducta. Sin embargo, pese a la abundancia de datos, diagnósticos y programas, las cifras no solo no han mejorado, sino que continúan mostrando una tendencia ascendente.
Esta paradoja obliga a replantear la pregunta de fondo. ¿Y si el problema no fuera la falta de información, sino la forma en que se ha observado el fenómeno? ¿Qué ocurre cuando se abandona la mirada fragmentada y se analizan los datos como un sistema dinámico que se construye desde la infancia y se proyecta hacia la vida adulta?
La nutrición infantil no es un evento aislado ni un episodio transitorio del desarrollo. Es un proceso acumulativo, profundamente condicionado por factores biológicos, culturales, sociales y estructurales, cuyos efectos no siempre son visibles de inmediato, pero que dejan huellas persistentes en la trayectoria de salud de las personas. Entender esto exige ir más allá de las fotografías estadísticas de un solo momento y adoptar una perspectiva longitudinal que permita observar continuidades, patrones y riesgos que solo emergen con el paso del tiempo.
La infancia como ventana crítica, no como etapa aislada
Desde el punto de vista epidemiológico, la infancia temprana constituye una ventana crítica para la configuración del riesgo de enfermedades crónicas no transmisibles. Durante estos años se establecen patrones metabólicos, preferencias alimentarias, conductas relacionadas con la actividad física y respuestas fisiológicas que tienden a mantenerse a lo largo del ciclo vital. No se trata únicamente de crecimiento y desarrollo, sino de programación biológica y social.
La evidencia acumulada muestra que indicadores antropométricos tempranos, como el índice de masa corporal ajustado por edad, no son meros registros descriptivos, sino señales de trayectorias futuras. La obesidad infantil, en este sentido, no debe interpretarse solo como una condición presente, sino como un marcador de riesgo que se asocia con una mayor probabilidad de obesidad, diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares y otros padecimientos en la adultez.
Reducir este fenómeno a una cuestión de elección individual implica ignorar la complejidad de los determinantes que intervienen desde los primeros años de vida. La alimentación infantil se construye en entornos familiares específicos, bajo prácticas culturales determinadas, en contextos socioeconómicos concretos y dentro de marcos de política pública que facilitan o restringen determinadas opciones. La infancia, por tanto, no es un punto de partida neutral, sino un espacio donde convergen múltiples fuerzas.
Cuando los datos existen, pero el análisis no alcanza
México cuenta con una de las fuentes de información en salud y nutrición más robustas de la región: la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT). Desde hace más de dos décadas, esta encuesta ha recopilado información sistemática sobre hábitos alimentarios, actividad física, condiciones de salud y características sociodemográficas de la población. Paradójicamente, la existencia de estos datos no se ha traducido en una explotación analítica acorde con su potencial.
Gran parte de los análisis realizados a partir de ENSANUT han sido de naturaleza descriptiva o transversal. Si bien estos enfoques son útiles para dimensionar el problema en un momento determinado, resultan insuficientes para comprender cómo se construyen los riesgos a lo largo del tiempo y cómo interactúan los distintos factores que influyen en la salud infantil. La consecuencia es una lectura fragmentada del fenómeno, donde cada variable se analiza de manera aislada y se pierde de vista el comportamiento del sistema en su conjunto.
Una lectura longitudinal —entendida como el análisis de tendencias poblacionales a lo largo del tiempo— permite formular preguntas distintas. No se trata solo de saber cuántos niños presentan sobrepeso hoy, sino de identificar qué combinaciones de hábitos, contextos y condiciones se repiten de forma consistente y anticipan escenarios de mayor vulnerabilidad en el futuro.
Más allá de la dieta: sistemas de exposición acumulada
Uno de los errores más comunes en el abordaje de la nutrición infantil es suponer que los alimentos actúan de manera independiente sobre la salud. Desde una perspectiva epidemiológica, lo relevante no es un alimento específico, sino los sistemas de exposición que se construyen a partir de la frecuencia, la cantidad y la combinación de consumos a lo largo del tiempo.
El consumo recurrente de bebidas azucaradas, alimentos ultraprocesados, productos con alto contenido de grasas saturadas y sodio, junto con una baja ingesta de frutas, verduras y fibra, configura patrones dietéticos que incrementan el riesgo metabólico. Estos patrones no emergen de forma espontánea, sino que están mediados por disponibilidad, costo, normas sociales, prácticas familiares y mensajes institucionales.
Analizar estos elementos de manera aislada puede llevar a conclusiones simplistas. En cambio, observar cómo se agrupan y se refuerzan entre sí permite entender por qué ciertos perfiles de riesgo persisten incluso cuando se implementan intervenciones focalizadas en un solo componente, como la educación nutricional.
Cultura, entorno y política pública: variables que no pueden separarse
La alimentación infantil en México no puede comprenderse sin considerar el peso de los factores culturales y contextuales. Las prácticas alimentarias están profundamente arraigadas en tradiciones locales, dinámicas familiares y representaciones sociales del cuerpo, la salud y el bienestar. Estas dimensiones culturales interactúan con determinantes estructurales como el nivel socioeconómico, el entorno urbano o rural y el acceso a servicios de salud.
A ello se suma el papel de las políticas públicas y de la comunicación institucional en salud. Las estrategias de prevención suelen centrarse en mensajes dirigidos al individuo, pero rara vez incorporan una visión sistémica que considere cómo esos mensajes interactúan con el entorno real en el que viven las familias. La ausencia de una articulación efectiva entre información, regulación y condiciones materiales limita el impacto de las intervenciones.
Desde esta perspectiva, la infancia aparece como un punto ciego de la prevención en salud. Se reconoce su importancia de forma discursiva, pero no siempre se traduce en modelos analíticos capaces de integrar los múltiples niveles de influencia que operan simultáneamente.
Lo que aún no se ha dicho
La persistencia del problema de la obesidad infantil y de los riesgos asociados a las enfermedades crónicas no transmisibles no se explica por la falta de datos ni por la ausencia de conocimiento básico sobre nutrición. El desafío radica en la forma en que se conceptualiza y se analiza el fenómeno. Mientras se mantenga una lectura fragmentada, las respuestas seguirán siendo parciales.
Adoptar una perspectiva longitudinal y multivariante no implica complejizar el problema por el mero hecho de hacerlo, sino reconocer que la realidad es, de por sí, compleja. Solo a partir de esta mirada es posible identificar patrones de riesgo que no son evidentes en análisis tradicionales y comprender cómo la infancia se convierte en el eslabón clave de procesos que se manifiestan plenamente años después.
Esta primera aproximación deja abiertas preguntas fundamentales: ¿cómo se articulan, en términos analíticos, las variables individuales, culturales y estructurales? ¿De qué manera puede modelarse matemáticamente esta interacción para anticipar riesgos y orientar decisiones en salud pública? ¿Qué implicaciones tendría este enfoque para la prevención desde edades tempranas?
Responder a estas preguntas exige ir un paso más allá. Ese paso —el paso del dato al modelo— es el que se abordará en la siguiente parte.
Para el artículo completo consulte el siguiente enlace: DOI: https://doi.org/10.35951/v5i2.201


Comentarios